¿Por qué corremos, papá?

Mayo 16, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Adentro del estadio el partido no había terminado. Se jugaban los últimos minutos, pero a ninguno de los que íbamos huyendo hacia la Roosevelt nos importaba ya lo que pasara en la cancha. Fue un lunes de hace meses. De los meses para olvidar. Con algún técnico para olvidar y jugadores para olvidar. El mismo recuerdo imborrable desde hace cuatro años.La horda vestida de rojo que bajo cánticos y banderas se cree dueña de la tribuna sur, había lanzado a dos o tres de sus peones a la pista atlética para que armaran revuelo agitando los brazos de forma pendenciera y excitaran más a la turba. ¡¡Hueeeeeeeevos… hueeeeeeeeevos!!, estuvo bramando una y otra vez la barra (¿barra?) durante los 90 minutos, reclamando a los futbolistas (¿futbolistas?) la valentía que ellos creen representar con sus gritos salvajes. El partido no era un partido para empatar pero tampoco para llorar. Apenas un juego. Un juego. Es lo que el fútbol solía ser antes.Mientras los mozalbetes aleteaban los brazos cerca de la tribuna, algo en la bandeja superior estallaba. Los policías, que se supone van al estadio para proteger a la gente y evitar la entrada de pólvora, drogas, licor y armas, eran otros espectadores del circo. Algunos hinchas, acostumbrados a que para sobrevivir con sus hijos en el Pascual, deben tener un ojo en la cancha y otro en las graderías, salieron después del estruendo. En el fútbol del miedo, desde hace mucho que los partidos acaban antes de acabarse.Bajando con afán las gradas de la tribuna occidental en dirección a la salida, todos éramos desconocidos; pero al pisar la calle nos hicimos uno, nos apretamos, resguardamos nuestras soledades en la compañía del otro. Corrimos. A mi lado, una pareja de esposos; atrás, un muchacho que no llegaba a los veinte; adelante, un señor con una niña de 9-10 años que refugiada en su mano le preguntaba una y otra vez: ¿Por qué corremos, papá? El papá, no decía nada.Ninguno de nosotros iba vestido de América pero todos llevábamos la misma camiseta del pánico. De frente, mientras avanzábamos hacia la Roosevelt, zombies disfrazados de barristas salían corriendo del estadio, pero en disposición de robo. En grupos de a tres, de a cuatro, pasaban mirando, detallando que nos podían arrancar… Cómo si hace tiempo ya no se lo hubieran llevado todo. Cómo si hace tanto no nos hubieran arrebatado el derecho de ir al Pascual en familia. Cómo si hace años no se hubieran llevado la diversión del juego. Un juego. Es lo que el fútbol solía ser antes.Y antes, un secreto a voces. Pero ahora es noticia testificada: entre las buenas personas que quedan en Barón Rojo Sur, también hay un montón de ratas que mimetizadas bajo los trapos del fanatismo han mutado en criminales que no solo son ladrones sino asesinos. Que no solo son jíbaros sino pichones de narcotraficantes. Faltando varias líneas para terminar esta columna, un antiguo miembro de la barra me cuenta por Whatsapp que uno de los informantes de la Policía, en el caso que esta semana permitió la captura de ‘Pablo’ y ‘Crescencio’, disparó contra un amigo suyo: fue en Las Acacias / en la Casa Roja / allí se maneja gran parte de lo de la barra / le disparó en la cabeza.Si en la cancha nos ha quedado grande recuperar la grandeza y limpiar el nombre, no le demos un tratamiento de segunda a este nuevo infierno. Si pudimos zafarnos de los diablos mafiosos que se creyeron dueños de nuestra patria chica, ya es hora también de poner en su lugar a todas las semillas podridas que fueron regando en su camino hasta la cárcel. Ese abono ya nos ha hecho demasiado daño. Es hora de poner lo que no ponen los jugadores en la cancha. ¿O como ellos, como los técnicos y los dirigentes, vamos a seguir corriendo en silencio?

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