No está

No está

Julio 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Afuera, en el vidrio, ahora hay pegados avisos que ofrecen el local en arriendo. Se alquila. 130 metros cuadrados. Se alquila, dice en letras rojo urgente. A un costado, en el que fue siempre mi costado favorito, se ven apiladas todas las mesas: sobre las dos más largas, las pequeñas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, cuento, jubiladas con las patas de madera viendo hacia arriba; un refrigerador desconectado, de puerta transparente y latas grises, se suma a esa triste hilera de cosas en desuso.Las sillas, que eran enormes y pesadas, no están por ningún lado y todo está horriblemente limpio. El piso, de láminas de mármol pulido, con vetas grises y más grises, está limpio. Las paredes ya no están revestidas de laminillas de madera y detrás de la barra no se ven las repisas empotradas que sostenían las botellas de vino y licores exóticos que permanecían ahí más como adorno que como ofrecimiento. Todo está pintado de blanco. Espantosamente blanco. Echaron pintura sobre el mural del fondo de un océano donde habían hecho algas de brazos largos y un pez amarillo; se llevaron el biombo con caballitos de mar tallados en madera que cubrían los dos lavamanos y la lámina del espejo colgado al otro lado de mi costado favorito. Pero dejaron los dos ventiladores de techo. Se alquila. 130 metros cuadrados. Se alquila.No está Orlando, siempre vestido de corbatín, camisa blanca, pantalón y zapatos negros. No está su amabilidad sin alardes, sobreviviente a la fatiga de, creo, 38 años sirviendo en el mismo lugar. Así que no existe ya el chance poder hablarnos sin hablarnos, de que le pregunte por su vida y él por la mía, y que eso casi sea suficiente para que luego de un rato llegue a la mesa una cazuela de mariscos de fondo colorado, acompañada de arroz blanco, tostadas de plátano, limón en rodajas y un vaso de cocacola con hielo. No está la historia que me contó alguna vez del origen de ese plato: un descubrimiento del dueño, hace muchos años en el Ecuador, donde la probó preparada con una base de tomate en vez de leche de coco. Esa era la explicación para su color, decía Orlando, y la razón por la cual esa cazuela sabía tan distinto en esta república de cazuelas alimentadas a punta de crema de leche saliendo de laticas de aluminio. Se alquila. 130 metros cuadrados. Se alquila.De entrada, una canasta con rodajas de pan francés, puesta en el centro con un cuadro de mantequilla alpina. La cazuela se demoraba lo suficiente como para recordar viejos hábitos en la mesa, hablar de la vida por ejemplo. No había música estruendosa, ni pagos anticipados con derecho a un vibrador portátil que convulsionara avisando la hora de ir a recoger la comida a algún lado. Servido en una cazuela de barro, el plato, que llegaba echando burbujas, traía camarones, calamares, almejas, mejillones, palmito y pulpo; en medio de ese mar, un sofrito de pimentón verde y cebolla. Era divino tomarse el caldo con las tostadas y reservar los mariscos para el final, con el arroz, un chorro de salsa picante y limón. Había también otras cosas que a lo lejos, en otras mesas y otras bocas sonrientes, se veían igual deliciosas pero que nunca pudieron interesarme. Fui allí desde niño a comer siempre lo mismo. Me llevó mi mamá, que fue allí por primera vez cuando yo andaba en su barriga, y que llegó a comer ahí invitada por mi tía. Fui en navidades, días de la madre, cumpleaños, casi todos los cumpleaños, días muy felices. El cumpleaños 36. Fui con hambre, sin hambre, la mayoría de veces porque pasé por ahí y no pude dejar de entrar. Porque sí, que es la razón más poderosa en el universo de las razones. Al ver la nada, del otro del lado del vidrio lo veo todo: la última vez, llevada a domicilio y servida en recipientes de icopor, a las y 23, del domingo más largo del mundo. Cerraron el mejor restaurante del mundo. De mi mundo simple. No está el letrero: La Cazuela. Quedaba en el 26-30 de la Avenida Roosevelt de esta ciudad, donde ahora todo es espantosamente blanco. Se alquila. 130 metros cuadrados. Se alquila.

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