Mula atravesada

Octubre 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Con el bigote lleno de cigarrillo, hace poco un señor contaba la historia arriba de las montañas del norte del Valle. Era muy acorde por estos días, y se trataba de otro señor que él conoció: un arriero que se hizo muy famoso en un pueblito donde lo contrataron para que les ayudara a solucionar unos problemas y en esas al tipo se le zafó un tornillo. Si hubiera sido más persona -decía el señor- seguro que no le pasa eso. Pero él pensaba como una máquina: imagínese que uno de sus verbos favoritos era trabajar y lo repetía como si fuera código de programación: trabajar-trabajar-trabajar. Era lógico que se le zafara un tornillo. Aunque la falla se intuía de fábrica: en un carriel terciado cargaba para todos lados un revolver, un poemario y una peineta. Camorrerísimo. Terminó como el loquito del parque.El pico más alto en la celebridad del arriero fue cuando ayudó a que las personas del pueblito volvieran a hacer algo de lo que se les había puesto muy difícil: sacar la cosecha a vender y volver al río con la familia. Porque el pueblito había quedado encerrado; los caminos que lo unían al resto del mundo se habían ido desbaratando debajo de aguaceros bíblicos y la lejanía de todos los demás hombres de Dios. Quedaba en el zarzo. Y además estaba el miedo que a diestra y más diestra habían ido regado unas hienas que en manada andaban por una de las curvas del camino.Entonces el arriero puso a trabajar una recua de mulas a lo largo de todas las trochas posibles. De las rutas más retorcidas y más culebreras. Y con alharaca de poncho y machete, él mismo llevó a cabestro una hilera de bestias sobre las que la gente pudo sacar sus cosas al mercado y también volver al río. Sintiéndose otras vez libres. De modo que el arriero se volvió así muy distinguido entre la gente. El mejor arriero en la historia de los arrieros, llegaron a decirle en su momento, cuando él pasaba muy pinchado por la plaza del pueblito tomando café sin que se le regara una gota y la gracia de hacerlo desfilando a caballo. Así era de bravo. O de tonto. ¿No era más fácil tomárselo en la panadería? En fin.Con la fuerza de las mulas, el arriero le declaró la guerra a las hienas y así en el pueblito hubo mucho muerto. Mucho muerto. Él andaba muy ocupado y en el pueblito había mucho muerto. El señor dice que la garrotera sirvió para algo en todo caso, pero que al final diferencia no fue tanta con respeto a la vida que ya habían visto extinguirse antes. Mucho muerto. Las hienas mermadas pero mucho muerto. Y mucho muerto mal tapado. En la locura de la guerra y en su locura de fábrica, el arriero hizo daños innombrables. Eso sí, siempre a través de sus ayudantes de arriería, escuderos siempre que pusieron el pecho para defenderlo. Súbditos de la locura hasta el fin para que el barro no salpicara al jefe. Nunca.Cansada de la guerra, de los muertos, de tanto muerto tan mal tapado, la gente del pueblito un día también se fatigó del arriero y decidió que su tiempo ya había sido. Y así siguió adelante. Y así un día se sentó a conversar con las hienas que seguían agazapadas en una curva del camino. Y ahí hablaron mucho. Hasta que un buen día llegaron al acuerdo de intentar no hacerse más daño así, no comerse los unos a los otros y de juntos, más bien, tratar de construir una carretera para que la gente pudiera salir de nuevo al mundo. Y que el mundo también fuera para las hienas. Ni las hienas ni la gente sabían trabajar de la mano. Ni mucho menos hacer una carretera. Pero lo habían decidido después de mucho esfuerzo y mucho muerto. Y justo cuando estaban en esas, loco porque con la carretera él y sus mulas se quedarían sin oficio, el arriero se les atravesó en el camino. Demente. Terco. Ciego. Pedazo de alambre retorcido. Máquina de guerra en desuso, pero incapaz de olvidar su código de programación: trabajar-trabajar-trabajar…

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