Mordisco

Junio 30, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Estos días de euforia también han servido para recordar el deporte favorito de la humanidad. Desde antes de que las pelotas fueran redondas, el hombre ha dedicado buena parte de su existencia a ejercitar la habilidad para juzgar al otro. Nosotros, entonces, herederos de ese hábito que ha ido pasando de generación en generación, lo hacemos todos los días. Algunos con más músculo que otros, pero es raro encontrar a alguien que no lo haga. Así que juzgamos. En el trabajo, en el colegio, la casa, el bus, desde el carro, caminando, frente al televisor. Con nuestras palabras. Hablando. Escribiendo. También en silencio. Se han hecho matanzas por simples juicios de valor. Se siguen haciendo. Es el deporte mundial.Luis Suárez fue el tema de muchos por estos días. Hasta antes de que Colombia jugara contra Uruguay, casi todos dijimos algo a favor o en contra de ese muchacho. Por donde uno fuera resultaba inevitable escuchar algún comentario, casi siempre una condena. En los bajos de una clínica yo escuché su nombre conjugado en frases muy duras: algunas acompañadas de madrazos y otras, de reflexiones que con un tono muy mesurado planteaban que lo mejor es que no lo volvieran a dejar jugar fútbol profesional. Más allá de que hayan sido simples comentarios y que en la mayoría no hubiese ninguna mala intención, ¿por qué nos cuesta tanto ponernos en los zapatos del otro? ¿por qué es tan difícil comprender y tan fácil señalar y culpar?Quizás mucho tenga que ver con lo que hemos crecido viendo. Y esto que ha pasado es un buen reflejo. La Fifa pensó que la sanción sobre Suárez sería un gran ejemplo para la humanidad. Que sería muy bueno enviar el mensaje de que las agresiones, vengan de donde vengan, nunca serán premiadas. Y que el respeto es un valor innegociable, que ellos van a defender a dentelladas. Pero la arbitrariedad del castigo contradice el evangelio del juego limpio que predican con sus banderitas amarillas: porque lo que están haciendo con ese muchacho no es ayudarlo sino acabarlo de hundir. ¿Cuatro meses sin jugar? ¿Condenarlo a no poder entrar a un estadio de fútbol ni siquiera en su país? ¿Quiénes son, La Haya?Si lo que buscaba la Fifa era anotar un gol con su ejemplo de inflexible rectitud, esto parece más bien un autogol. Uno olímpico e inolvidable. Porque lo que hicieron con Suárez no fue darle la mano, sino ofrecerle espalda. Ese es el verdadero ejemplo que están dando, el reflejo de lo que como especie también llevamos dentro, nuestra bendita herencia: el desprecio por encima del abrazo.Lo que ha pasado en el Mundial debería servirnos como espejo para muchas cosas. Para empezar por limpiarnos algunas vainas que llevamos encima como mugre. La facilidad para juzgar al otro es una de tantas. Nosotros lo que hacemos es replicar un hábito que hemos venido repitiendo desde hace mucho pero que no está en nuestros genes. Nosotros no somos eso. Alguna vez el mundo entero creyó que aquí en Colombia todos éramos iguales a esos hombres que salían en las noticias haciendo conjugar el nombre de este país con drogas, muerte y carteles. Y por repetir lo que otros hicieron, por culpa de ese juicio generalizado, la gente sigue incurriendo en errores con consecuencias irreparables como lo que le pasó a la actriz holandesa que subió a Twitter un fotomontaje donde una línea de espuma dibujada por un árbitro sobre una cancha, era inhalada por Falcao y James como si fuera cocaína. Ante la magnitud del rechazo que tuvo, Nicolette Van Dam pasó un muy mal rato que se extendió por varios días y debió renunciar a su labor como embajadora de buena voluntad de la Unicef. Aprendamos: ¿qué estará pensando ella por estos días, cuando James aparece en todos lados celebrando goles y a través suyo todo un país que por muchas razones empieza a respirar mejores tiempos? Quién sabe, Nicolette, tal vez, apenas tenga tiempo de morderse los codos. Y todo por un juicio de valor.

VER COMENTARIOS
Columnistas