Mi mejor regalo

Septiembre 16, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Mi mejor regalo es un trozo de madera más pequeño que mi dedo meñique. Está pintado de negro y tiene talladas líneas, semicírculos y cuadrados diminutos. Y sobre las formas, más pintura: una combinación de rosa y morado esparcida por un pincel que en algunas curvas perdió el borde, manchó el negro, goteó las orillas.Todo aquello es una pierna. Es la pierna de un ciborg que venía de otro planeta para ayudar a salvar el mundo. Yo tenía 6 o 7 años y eso era lo que decía la caja. Mi tía Miriam, que me quería mucho, me había comprado ese muñeco. Ella sabía que esas figuras de acción me gustaban mucho. Como tuve que crecer con mis abuelos en un barrio donde no había niños, y como mi mamá tenía que trabajar todo el día, esos juguetes eran uno de mis pasatiempos favoritos.Atrás, en un patio sembrado de pencas de sábila y bifloras y matas de limoncillo, yo inventaba mundos después de llegar del colegio: en medio de la tierra donde mi abuela cultivaba hierbas curativas y flores sin olor, mis superhéroes perdían sus poderes al ser pisados por las lombrices que brotaban del abono; los villanos caían rendidos ante las hormigas que salían de las paredes; el universo era gobernado por lagartijas de cabezas coloradas y torcazas que anidaban en el techo. Algunas de las cosas que allí sucedían, supongo ahora, eran mi propia versión de las historias que me contaba mi abuelo. Él era mecánico de carros. También había sido futbolista, carpintero y clavadista en ríos turbulentos. Al lado de nuestra casa había mangones y potreros de donde saltaban ratas y culebras que solo él era capaz de cazar cada que se metían al patio. Mi abuelo entonces era mi superhéroe favorito. A veces, cuando pasaba eso, cuando los bichos se metían y mi abuela y mi mamá gritaban mientras él luchaba por sacarlos, la noche terminaba conmigo en sus piernas oyendo los relatos que él me contaba para que yo recuperara el sueño.Una vez, cuando volvió del trabajo, mi abuelo me encontró muy triste: yo había llevado el ciborg al colegio y una de sus piernas se había extraviado. Después de leerme una historia, cuando al fin me quedé dormido, mi abuelo desprendió la otra pata del muñeco y se la llevó a su taller. Dos semanas más tarde mi abuelo apareció en el patio con el ciborg completo. Todos esos días, él se había dedicado a sacar las medidas de la pierna, tallarla, pintarla. El ciborg, desde entonces, fue un poco chueco. Su pose ya no era robótica sino imperfectamente humana: ya no podía pasar días enteros bajo el agua ni sobrevivir al fuego. Pero a mí me pareció perfecto. Mejor que antes. Ya no era un ciborg cualquiera. Era el mío, el de mi abuelo. Cuando me lo entregó, me dijo que en el mundo de los grandes la vida también era así: llena de pérdidas y extravíos pero también llena de milagros.Ahora, cuando veo a la gente en los centros comerciales buscando regalos para entregar en el supuesto día del amor y la amistad, recuerdo al ciborg en mi mesa de noche y pienso en los verdaderos regalos. En los que son eternos. En los que no vienen envueltos en papel brillante. Pienso en mi abuelo que ya no está. En lo que me dejó para siempre. Tal vez esta historia no le importe a nadie. Y pienso también en eso. Pero la escribo porque tal vez haya alguien que al leerla recuerde a su ciborg particular. Quizás, como decía en la caja del que me regaló mi tía, ese recuerdo ayude a salvar su mundo.

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