Mañana

Octubre 31, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Kevin dice que es imposible no amar al equipo que le ha dado lo mejor de sus días. Y no es por los títulos porque al explicarse habla de alegrías pero también de sufrimientos, de modo que si sus palabras fueran dibujadas tendrían más forma de electrocardiograma que de altar de veneración: picos para arriba y para abajo. Abismos. Cumbres. Precipicios. Meter huevos para salir de ahí. Volver a caer. Volver a empezar. Alentar. Vivir. Ahí está su esposa: una asistente administrativa de pelo negro que conoció en la cancha y con la que tiene un hijo bello. La vida. Lo mejor de sus días. En el perfil de whatsapp, Kevin ha puesto una foto donde los tres están en el estadio, con el niño ya vestido de rojo.El hombre ahora es vendedor. Hace tiempo se dedicaba a hacerle mantenimiento a máquinas dispensadoras de comida enchuspada como las que instalan en las clínicas. Tiene 24 años y va al Pascual desde los 5, cuando su papá lo llevó por primera vez a ver al América. Flechazo. Flechazo irremediable con alucinación y delirio. Por amor, a los 12 comenzó a ir a la popular: “Eso es como cuando vos llegás a tu casa y prendés el equipo a todo volumen; sin música no hay nada, sin carnaval no hay alegría. Y eso es fundamental para demostrarle al equipo que estamos con ellos en todo momento, gane o pierda, váyase a la B o a la Z, esté en la A, jugando Libertadores, lo que estén jugando…”.Kevin dice muy serio que no tiene manera de explicar aquella incondicionalidad sin hablar desde el amor. Porque solo bajo esa excusa podrían explicarse algunas de las cosas que ha visto en medio del delirio de estos años: hinchas vendiendo sus pertenencias más queridas, camisetas históricas untadas de lágrimas y chorros de aguardiente que les cayeron encima después de un campeonato. Hinchas caminando días para llegar a una cancha. Ir a saltar con hambre. Tantas veces con hambre. Pedir prestado para conseguir la boleta. Hinchas que vendieron el televisor para entrar al estadio. Saltar sin una moneda en los bolsillos. O con los bolsillos empeñados. O mojados del gota-gota. Saltar así. “Al América -jura Kevin- se le quiere como a la madre…”.La historia empezó en 1918, cuando un grupo de estudiantes del Santa Librada tuvo la idea de fundar un club de fútbol. Pero la idea solo duró viva un año. Hasta que a finales de 1926 resucitó como un sentimiento barrial que sin permiso de nadie se fue formando como equipo. Empezaron jugando en un peladero al lado del cementerio central, pero como de ahí los echaron se mudaron para la cancha de Galilea donde se hicieron célebres primero por la humildad y luego por el fútbol; antes que América, ese era el equipo de ‘los negritos’ o ‘los repelladores’, como era llamado en alusión a sus futbolistas, trabajadores del ferrocarril, mecánicos, obreros, constructores, maestros de obra, que se cambiaban el overol de trabajo para defender esa patria chica y roja que desde entonces y en consecuencia empezó a ser identificada como la pasión de un pueblo.Es por eso, dice Kevin. Por esa gente. La gente. El pueblo. “Porque América es un sentimiento que llena los corazones. Vea los niños de ahora, los que no lo han visto salir campeón pero que viven enamorados. Yo soy hincha por eso, no porque tengamos 13 estrellas. Soy hincha porque es una herencia de los papás, de los amigos, de la familia, del barrio…” es por eso”, dice él, porque lo lleva muy dentro, más debajo de la piel y los músculos, que mañana estará otra vez en el Pascual. Como mucha gente. Gente como Kevin. Que hará sacrificios. No importa que el equipo haya perdido hace ocho días. Abismos. Cumbres. Precipicios. La vida. Caer. Volver a empezar. Vivir como vive este pueblo. Poner el equipo a todo volumen. Mañana otra vez puede ser carnaval.

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