Mala-ventura

Mala-ventura

Febrero 24, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Tal vez tuvo la mala fortuna de crecer a las orillas de ese mar revuelto tan poco apto para las postales turísticas. Tal vez fue eso. Mala suerte: la arena negra en vez de blanca y fina; el mar negro en vez de azul de siete colores; el mar que se pierde entre esteros, ciénagas y ríos desconocidos, en vez de terminar en olas trágicas, blancas y espumosas, que se estrellan contra murallas centenarias que todos veneran. Fue eso. Mala suerte.Porque de lo contrario habría sido todo distinto. Habría, de aquí hasta allá, una carretera doble carril para los carros de los turistas y otra, igual, para los camiones llenos de mercancía. Habría, incluso, un político que por estos días prometería la construcción de un tren subterráneo con una última estación en la playa. “Por una Colombia incluyente, vote al senado 05, Fulanito de Tal”, diría en la parte de abajo de su afiche.Y allá, en la ciudad, habría todo lo que hace falta. Habría, por ejemplo, agua. Agua potable todo el día y toda la noche. Agua en los colegios, en la cárcel, en la galería. Agua. No acumulada en baldes, con larvas nadando. No en ollas. Agua. Agua saliendo de la llave, como en todas partes. Agua, esa tontería de la que depende la vida.Habría calles sin rotos y más colegios, muchos más colegios. Habría existido un par de buenos empresarios también. De esos que creen que el dinero no solo sirve para acumular, sino que ayudar a otros es la mejor forma de usarlo. Entonces habría montado un par de empresas con las que habría generado miles y miles de empleos. Y así, le habría dicho a esa gente que sí, que hay alguien que cree en ella. Que nadie tiene por qué ser juzgado por el lugar donde nació.Pero esos dos empresarios nunca existieron. Porque si hubieran existido, seguro allá también habría existido hospitales. Hospitales con médicos y enfermeras, con gasa, algodón, con antibióticos, suero. Hospitales donde no diera miedo entrar. Hospitales que no se robaran los políticos. Porque de esos, quizás, raza interminable, no se habría salvado. La diferencia es que allí, en ese paraíso de franquicia hotelera, cada que esos políticos fueran tentados por la serpiente y se robaran una manzana, el resto del país quedaría paralizado.Y entonces el presentador omnipresente, ese que no se despeina nunca y es capaz de casarse con una modelo y dirigir un noticiero y tener un programa a las once de la noche y posar para las fotos de las revistas del corazón, todo al tiempo, se acordaría de ese sitio tan bello y se iría con sus antenas y sus micrófonos para denunciar eso o una pelea de vecinas, qué intolerancia tan fea. Las notas, en tono de catástrofe, hablarían de una situación que nos toca a todos. Así que en Twitter se promoverían etiquetas como #¡Bastaya!, #Pordiosnomás, #loscorruputos-y-los-violentos-tienen-huevo. Y la indignación nos tallaría todo el día en el zapato, no vaya a ser que se nos dañen las vacaciones.Pero no es así. Esa ciudad no es así, así que de esa ciudad rara vez alguien se acuerda. Puede que en verdad haya sido la mala suerte: porque de pronto al Estado le pareció mala broma que con tantos problemas, con tanto corrupto, con tanta violencia, con tanta pobreza, con ese mar tan negro, ese lugar se llamara Buenaventura. Y entonces, en reproche a la mala chanza, un día decidiera olvidarla. Así como la olvidaron tantos, todo este tiempo, toda esta semana, cuando 30.000 personas salieron a las calles a protestar por la violencia que no para, por la vida que se escapa, por el agua que sigue sin llegar. Sucedió el pasado miércoles y a pocos, muy pocos, les importó. Ese día, por esos días, el presentador omnipresente estaba en Venezuela. Buenaventura, de este lado del país, de nuestro país, me supongo, muy lejos del televisor.

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