Los nuevos soldados

Los nuevos soldados

Noviembre 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

La de Matthew VanDyke es una historia que hoy sirve para ayudarnos a ver desde otro lugar por qué un ejército de chicos europeos permanece al servicio del Estado Islámico, dispuestos a morir y matar por su líder, El Califa, Abu Bakr al-Baghdadi, pese a que muchos no lleguen a conocerlo. Aunque VanDyke nació en los Estados Unidos, su caso en varios sentidos -si es que no en todos- es coincidente con el de un montón de estos, los nuevos soldados que ahora tiene el conflicto más antiguo de la humanidad: muchachos con vidas económicamente estables, casi resueltas, pero llenas de nada, que crecieron sintonizando la guerra por CNN y un día decidieron viajar a verla buscando una aventura que le devolviera el sentido a todo. O que le diera sentido a algo.En Point and Shoot (Apunta y Dispara), un documental que está Netflix y también en Youtube, VanDyke cuenta su vida a través de una entrevista que de repente se convierte casi en película, pues a medida que sus palabras transcurren saltan imágenes que él mismo hizo mostrando el hombre que fue cuando estuvo recorriendo Medio Oriente. Uno y otro son muy distintos: el que viajó, el de los videos y el que aparece hablando frente a la cámara. Hijo único de una hija única, que a su vez fue hija única, VanDyke (Baltimore, 1979) creció rumiando la soledad gringa que es mucho más sola que las nuestras, porque allá -no es cuento ni secreto- todo viene más grande. Incluyendo las soledades.No es que le faltara amor, creció con sus abuelos maternos y de hecho, confiesa, de niño fue el centro de la familia; lo que le faltó, entre otras cosas, fue ser más niño: tener una pandilla para salir a coger sapos en el parque o quedarse hablando hasta tarde en la esquina; una que le ayudara a entender las prioridades a su tiempo y en días de lluvia se le apareciera sin avisar sabiendo que con la cancha mojada, picado mata tareas. Pero no hubo pandilla. Ni cancha. Ni esquina. Al igual que en otras ciudades europeas, donde todo queda lejos, y todos quedan lejos de todos, VanDyke se fue haciendo muchacho más bien solo, aunque muy acompañado por el televisor. De niño su anhelo era ser espía.A los veintipico, luego de haber cursado en Georgetown una especialización en Medio Oriente, VanDyke decide ir a recorrerlo con dos propósitos: grabar en video todo el viaje, de modo que al final quedara una película protagonizada por él, y “hacer un curso acelerado de hombría”. Así que compra una moto y una videograbadora, se despide de su mamá y su novia, y se va. Y allá, al otro lado del mundo, cambia todo. Porque nada era como parecía: ni la maldad, ni la arena. Ni él tampoco. Entrevistando soldados gringos, aprendió a disparar. En Libia conoció a Nuri, un hippie del que se hizo amigo y le presentó a otros amigos. Los primeros amigos. Sus únicos amigos… Tiempo después de regresar a Estados Unidos, VanDyke ve por televisión el comienzo de la revolución libia contra el régimen de Gadafi y se entera de que esos amigos empiezan a morir. Entonces vuelve a despedirse de su mamá y su novia: lleva de nuevo la videocámara, pero esta vez viaja a empuñar un arma. Cae preso. Enloquece. Escapa. Vuelve a empuñarla. Su lucha era la libertad de un pueblo, no las atrocidades del Estado Islámico. Pero es la misma locura de la guerra. Como VanDyke, cientos y cientos de chicos con todo en la vida, y a la vez sin nada ella, siguen viajando al Medio Oriente buscando motivos para vivir. A veces los encuentran. Y con ese hallazgo, pelear a muerte es natural. La imagen más reveladora del documental, sin embargo, nada tiene que ver con la guerra. Poco antes del final, ya con Gadafi derrocado, VanDyke y Nuri encuentran el mar. Y su inmensidad los humaniza sin que lo adviertan. Mojándose los pies en una orilla, uno y otro vuelven a ser lo que eran: un hippie sonriente y un niño solitario.

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