Los Embera escondidos

Los Embera escondidos

Marzo 16, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Llueve. Llovió la semana pasada. Llueve y el agua que se resbala babosa por las fachadas de los edificios tropieza con las salientes, salpica y se prende la ropa de las personas que a esa hora de la noche tratan de correr más rápido que la lluvia. Dos mujeres Embera huyen entre unos oficinistas que apuran la marcha. Ellas, despacio. Tal vez no haya afán.Si pertenecen a los Embera Katío que llevan casi tres años en los inquilinatos de El Calvario, allá las esperan sus hombres: papás, esposos, hermanos, padrastros y tíos. Sus dueños. Ellos saben que si extendieran la mano en los andenes, la caridad de la gente no les va a solucionar la vida como sí sucede con ellas, que con los niños dormidos en brazos son infalibles máquinas registradoras de conmiseración. Entonces las mandan. Con sol o con lluvia. Vayan por las monedas. Durante todo el tiempo que tienen viviendo en Cali, desde que llegaron de Pueblo Rico, Risaralda, los indígenas han podido pagar la tarifa diaria de las piezas donde se acomodan. Eso quiere decir que cada día desde esa fecha, han reunido por cuarto o por grupo o por familia, más o menos diez mil pesos para cancelar la noche. Y seguramente algo más para comer. Y seguramente algo más para la sagrada borrachera de los hombres de la casa. Los Embera escondidos.Aunque todos no son iguales, en repetidos registros médicos muchos han ido dejando una huella común. Felipe Montoya, asesor de Paz de la Alcaldía, cuenta que la principal consulta clínica de los hombres Embera Katío que viven en los inquilinatos del centro de la ciudad es el guayabo; llegan al servicio de salud con los mismos síntomas: la cabeza partida del dolor, el estómago revuelto, mareo y tufo. ¿Si no piden en las esquinas ni tampoco trabajan, de dónde sale la plata para el trago? Algunos papás, esposos, hermanos, padrastros y tíos, también son ladrones: hay días en los que les quitan las monedas a sus mujeres para irse a beber; hay otros días en los que les quitan la vida.El lunes pasado una niña Embera de cuatro años fue violada por su padrastro. El tío de la niña, Luis Picamá, les dijo a reporteros de este periódico que en el inquilinato se dieron cuenta por los gritos de otra niña que también estaba ahí. Y Élber Sintuá, coordinador de los indígenas, dijo que no era el primer caso porque el año pasado un hombre había violado a un niño. Y Mónica Gómez, asesora de Paz de Risaralda, que las violaciones en esa comunidad eran recurrentes pero no denunciadas porque a las mujeres les daba miedo hablar.Cierto, no muchas hablan, solo extienden la mano detrás de esos ojos de necesidad. Porque necesitan. Pero no una moneda. Necesitan que el Ministro del Interior que estuvo haciendo promesas en El Calvario, cumpla con su palabra y ayude a agilizar el retorno de todos. Volver a su resguardo, a la tierra, que la puedan trabajar otra vez. Necesitan salir de los inquilinatos, regresar a un cielo limpio de nubes de humo de bazuco y lances de puñal; puede que al reencontrarse con la Pacha Mama toda esta locura que hoy los circunda deje de intoxicarlos y se haga olvido. Necesitan dejar la luz mortecina del bombillo que alumbra los cuartos donde ellos tienen pesadillas y los ratones sueñan. Que sus hijos puedan andar por ahí sin miedo en el campo, siendo niños y no víctimas. Necesitan eso, no más limosna. Cada nueva moneda en las manos de las mujeres Embera será otra ancla al calvario. Cuota inicial de otra borrachera de sus dueños. De la aparición de los Embera escondidos.

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