Lado B

Abril 07, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Hace unos años, cuando la música era un misterio que se nos explicaba a través de cintas envueltas en cajitas tamaño bolsillo, la música tenía dos lados. Identificado con la primera letra del alfabeto, en el Lado A estaba lo que se supone nadie debía dejar de escuchar; lo que no tenía pierde en el casete. El B, en cambio, era a veces un sótano donde iba a parar el relleno. Cosas puestas allí sin que importaran mucho.En el periodismo, el Lado B es un término que se utiliza para referirse a casi lo mismo: historias detrás de las historias de las que casi nadie se ocupa por andar pensando en lo que publicita el Lado A. Durante muchos años, años incontables, el periodismo regional había narrado y denunciado lo que durante muchos años, años incontables, venía ocurriendo en el lado de B de Colombia. Ese lado oculto del país que empieza con B de Buenaventura. Tuvieron que pasar muchas catástrofes, muchas tragedias, correr mucha sangre, contarse demasiados muertos, para que las noticias del Lado B se convirtieran en preocupaciones del Lado A. Tuvo que ser todo peor de lo que ya era, que el mundo entero se asombrara, para que el periodismo de ese lado que comienza con A de allá, lejos, en la capital, se trasladara al puerto con sus antenas para contar como novedad espantosa lo que acá, cerca, hace tiempo ya era noticia trasnochada. Pero no importa, en este momento no importa que hayan tardado. Finalmente gracias a lo uno y lo otro, los oídos del Estado empiezan a destaparse y después de tanto tiempo de sordera algún eco del abandono comienza a regresarle en contra, dejando en evidencia el tamaño de su culpa. Y entonces al fin, quizás por vergüenza, empiezan a hacer algo.Hace dos semanas, en esta misma columna, se contó la historia de un hombre bueno acorralado por las circunstancias. Antes, en esta misma columna, se contó también cuando ese hombre luchaba para ayudar a la gente de su barrio, El Vergel, a través de un comedor comunitario. Mucho antes, también aquí, se habló de él para explicar cómo en el otro lado de la ciudad, el lado más oculto de Cali, evitar los atajos sonaba a extrañeza, cosa rara, “los raros”. Y años atrás, en este periódico pero también en noticieros y otros medios regionales, se habló de él para contar cómo había ayudado a que varias pandillas dejaran de matarse en el Distrito de Aguablanca.El Lado B de esta historia ocurrida en el Lado B de Cali, volvió a suceder hace unos días cuando alguien le sugirió que se fuera del barrio, amenazando a su niña de 6 años. El Lado C de esta historia, son todas las veces que aquel hombre ha ido a pedir ayuda, protección, orientación, a todos esas dependencias del gobierno regional y local que terminan en ‘ía’. El Lado D de esta historia, es la repetición del miedo de miles de personas que todos los días también quedan acorraladas por la violencia de esta ciudad y el olvido de sus gobernantes. El Lado E de esta historia, es el mismo que en la administración de otro médico, de un locutor, de un ciego y de un levantador de pesas, tampoco fue escuchada. ¿Qué tendrá que pasar para que alguien recuerde que, como en los casetes, también suceden cosas al otro lado? ¿Servirá de algo el eco del horror que ahora retumba recordando el silencio con Buenaventura? Al menos en esta columna, todavía quedan varias letras del alfabeto, más de 20. Alguien tiene que oír.

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