Laberinto

Laberinto

Enero 25, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

A los 5, a Mauricio González Córdoba lo bautizaron Coco. Fue por piloso, dice él, sobre la chapa. Era 1984 y el Distrito de Aguablanca seguía reventando entre la tierra. Había menos calles. Menos escuelas. Menos todo. Las oportunidades eran acaso dos palabras que juntas significaban nada. Los papás de Coco, que terminaron separados, trabajan muy duro para poder llevar comida a una fila de siete hijos. Todos los días. En días muy largos. Que aun así no eran suficientes.A los 15, Coco ya había perdido la cabeza y con un grupo de ‘hermanitos de hambre’ con los que también creció en El Vergel, dejó la casa para irse a arrancar espejos de carros y saquear graneros cuando caía la noche a los alrededores de la galería Santa Elena. El día siguiente podía continuar desvalijando mazditas mal parqueados en La Sexta y luego sacol-sacol-sacol, hasta caer en el viaje del sueño profundo, que es tan profundo como para que no haya sueños y pueda conciliarse en los andenes donde los perros de la noche orinan su sarna.En la calle Coco dio muchas de las vueltas jodidas que ofrece el laberinto. Muchas pero no todas. A los 20, en todo caso, fue a dar a Puerto Trujillo, Meta, donde terminó de raspachín y un comandante guerrillero le dijo que estaba bueno para servirle a la patria. Para salir del paso, Coco, que es alto y fornido de nacimiento, recuerda que le dijo que lo iba a pensar; y en esas las Farc empujaron una gran movilización campesina. Tres meses en Mapiripán y luego Cali. Y en Cali, Santa Elena. Y en Santa Elena, el agite, la vuelta, el evento. La primera oportunidad: vení jibariáme esta esquina. Jíbaro. Y de ahí en adelante otras vueltas. Todas jodidas. Laberinto.El lugar común de ese enredo de caminos oscuros e indescifrables con una única salida, se ajusta de manera singular para ejemplificar lo que le ocurría a Coco en ese tiempo, que es lo mismo que todo el tiempo ocurre con miles y miles de muchachos que crecen viendo cómo el mundo no les pertenece ni en un ápice. Que ni siquiera se sienten parte de la ciudad donde nacieron. Acaso del barrio. Acaso de la esquina donde se transa la vida. “Estaba desahuciado”, dice hoy Coco, a los 36 años. Y es cierto.Pero el 12 de mayo del 2008 la vida volvió a empezar, cuando alguien creyó de otra manera en la inteligencia que había llevado a Mauricio González Córdoba, a convertirse en Coco. Para ese momento, él, que entre uno y otro viaje se la había pasado leyendo y queriendo ser cantante, tenía escritas varias letras de raga que la gente del Distrito ya conocía de su voz. En uno de los tantos giros del laberinto, había podido grabar una canción, El Party, que se había convertido en solicitud fija en todo corrinche. La popularidad del vacilonsito había ido de barrio en barrio y ese día, el 12 de mayo del 2008, lo llamaron para que lo cantara en una tarima que había montado una gente que llegó al sector 4 de Potrerogrande envuelta en una alharaca y un nombre hermoso: La Legión del Afecto.La Legión era un colectivo de entusiastas que había unido esfuerzos para ir a promover la reconciliación en los barrios más bravos de Colombia. Portrerogrande lo era. Lo sigue siendo. Una de las estrategias era entrar mediante otros lenguajes: basta de promesas y juramentos imposibles, basta de proyectos sociales y almuerzos de un día. La legión entraba a través del arte, de la música; era un escándalo festivo con zanqueros, bota-fuegos, malabaristas, payasos barbudos y hadas madrinas que procuraban en cada cuadra el milagro de la risa. Y así iban entrando y así y así, le iban arrebatando chicos a esa violencia repetida y brutal. Así, así, aunque parezca cuento. Así le arrebataron a Coco, que con su cabeza se convirtió en líder de la Legión en Cali y al fin pudo salir del laberinto. "Era un mundo para los que crecimos sin oportunidades". En sus cálculos, desde el 2008, del laberinto también salieron dos mil chicos. Pero ese mundo lleva tiempo sin poder girar. Es por falta de recursos, dice Coco, rascándose la cabeza. ¿Cambiará el mundo? Este sábado, mientras se lo preguntaba, un bus pasó hundiendo el pito. Entierro. Era amigo suyo. Se llamaba Mauricio Osorio. Tocayo. Tenía 20 años.

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