La joya y el delfín

Marzo 09, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Se llevaría los árboles de tajo. Los arrancaría, los chuparía del suelo y los arrastraría con todo lo demás. Se llevaría las casas. Allí encima viven casi ocho mil familias. Si cada familia tuviera cinco personas, sería como el estadio lleno de gente. El río le pasaría por encima. Se la llevaría licuándola con los árboles, con las hojas de metal que hacían de techo en las casas, con las tablas, los inodoros, las bicicletas, las motos, las ollas, los cercos, las puertas, las camas, gatos, perros, caballos, cerdos, chillidos, ruegos ahogados en la corriente. El ruido del agua debe ser un bramido pavoroso.Un día podría escucharse. Si el jarillón del Cauca se rompiera podría escucharse. Quien sabe si así como brama en la imaginación. Es posible. Ya está fracturado y cada día que transcurre en las actuales condiciones es un día menos que le queda. Por dentro, colonias incontables de hormigas arrieras se lo vienen comiendo desde hace años, entonces el peso que lleva encima está soportado sobre una estructura cada vez más porosa y frágil. Si no pueden deshabitarlo para hacer los refuerzos que necesita, un día se va a deshacer como un pedazo de pan en una taza de agua. La gente que nunca debió llegar a vivir en su lomo, al negarse a la reubicación, en vez de alargar su vida está acortando su muerte. En por lo menos 54 casas hay negocios detectados. Hay peluquerías, modisterías y tiendas. 36 microempresas. Una colchonería, mueblerías, una fábrica de vasos de licuadoras, criaderos de pollos, marraneras. Una casa con piscina. Y un tipo con plata suficiente como para darle a las chingas sin oficio, con tal de que le tiren piedra a la policía cada vez que va a hacer un desalojo. ¿Cuánto pesa todo eso?Todo eso está encima del dique que protege a la ciudad en caso de que el río Cauca se desborde. Los estudios dicen que de ocurrir, la mitad de Cali quedaría bajo el agua. Los equipos de la planta de tratamiento de Puerto Mallarino, que surte de líquido potable al 70 por ciento de la ciudad, se fundirían. El Distrito de Aguablanca terminaría inundado completo. Pero aún así, la joya de abogado que asesora (¡ja!) a los habitantes del jarillón, sigue frenando su reubicación a punta de tutelas. Los tiene convencidos de que la Alcaldía debe garantizarles “sustento mediante alguna actividad económica”, como si merecieran un premio por haber fundado el comercio sobre un lugar donde ni siquiera podían vivir. Entonces los mantiene ahí, sobre el dique, enredados. Ya lo hizo con los habitantes de unas casas en el sector que el sarcasmo bautizó Venecia.La irresponsabilidad es muy peligrosa. Hace poco, un político con ganas de ser alcalde de Cali, llegó hasta allá para prometerle a la gente que en caso de salir elegido, él no la expulsaría. Aunque después, al ser consultado por la prensa, se echó para atrás y aseguró que lo que había dicho era que en caso dado se reuniría con los habitantes del jarillón para buscar la mejor alternativa ya que la reubicación no se podía detener, en un video quedó registrado cuando dijo que la ciudad “no se va a acabar” si la gente seguía viviendo allí otros tres o cuatro años. El político es hijo de otro político. Le dicen delfín. Quizás por eso no le tenga miedo a la inundación.Pero el resto si debería temerle. Deberíamos temerle todos. Recordar lo que puede pasar. Habría muchos muertos de romperse el dique, muchos conocidos, muchos amigos, muchos de nosotros probablemente. Quedaríamos licuados con los árboles, con las hojas de metal que hacían de techo en las casas, con las tablas, los inodoros, las bicicletas, las motos, las ollas, los cercos, las puertas, las camas, gatos, perros, caballos, cerdos, chillidos, abogados mezquinos y delfines parlanchines. El ruido del agua debe ser un bramido pavoroso.

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