Ídolo

Junio 25, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jorge E. Rojas

Dudo si estuve allí: 15 de marzo de 1989, estadio Pascual Guerrero. Es miércoles y Willington se despide del fútbol jugando un partido para la tribuna contra El Nacional uruguayo. El América pertenece a la mafia y el juego de mentiritas organizado para homenajear a la estrella es un fiestón con gradería llena. El valor presumible de las entradas para un espectáculo de ese tamaño es lo que me hace dudar de haber tenido lugar esa noche pero luego están todos los recuerdos palpables y difusos a la vez, como se vale que aparezcan en las añoranzas: mis manos de niño embadurnadas de paleta de mora, y el idéntico ángulo desde donde la memoria me sitúa en el estadio cada vez que fui a esa edad, junto a mi abuelo, en occidental primer piso y llegando a sur. Veo el último gol del ‘Willy’ a los 37 años y en el arco norte. Y más tarde veo todo apagándose. Y más tarde un melancólico chorro de luz blanca saliendo de un reflector para caer sobre ‘El Viejo Willy’, que se va del partido, se quita la camiseta y se la da al hijo, un pequeñín que uniformado de América entra y al primer balón hace gol. Dribling simulado para dejar sobre la cancha una metáfora de la fe: se va el más grande pero queda la esperanza. No es una cita de betamax, no es Youtube, pero todo se ve como en una película. La gente se puso de pie y le agradeció al mejor jugador de la historia de Colombia por su último esfuerzo. En 1987 se había batido contra las defensas suramericanas que se enfrentaron al equipo en su camino por la dramática y frustrada Copa Libertadores de ese año. Tras la derrota, cuentan y lo contó él, lloró como un niño. Aplauso infinito esa noche en San Fernando. Fue la primera vez que vi a un ídolo despedirse.

A los 17 y después de la excursión de 11, mi ídolo fue el mago Fabrianni: San Andrés, una madrugada al borde de la playa de camino al hotel por el malecón. Lo reconozco caminando en sentido en contrario. Ya para entonces yo era seguidor de muchos años de ese mago que había luchado para abrirse camino a la sombra de Gustavo Lorgia, el gran Lorgia con sus cajas de trucos para niños y sus adorables rizos para las mamás de los niños. Fabrianni en cambio era un purista de la improvisación que lo ratificó ahí mismo cuando en el andén y ante la solicitud de truco en coro, pidió la camiseta de un presente, un cigarrillo encendido, y lo apagó en la camiseta delante de un puñado de borrachos que se quedaron aplaudiendo cuando lo vieron irse dejando la prenda intacta. El cigarrillo apagado, el mago también borracho, y la camiseta intacta. Desaparición entre la gente. Magazo. Ídolo.

Los ídolos, solía ver en los ejemplos más pequeños y en apariencia más banales, como los de un futbolista o un mago a la orilla del mar, son ejemplos de distintas formas -y tamaños- de lucha. De obstinaciones. De esfuerzos. Por hacer reír a un grupo de ebrios que creen en los conejos saltando de un sombrero, o por intentar ganar un campeonato y hacer feliz a la gente que encuentra su lugar en el mundo a través de la patria chica del equipo al que le pertenece el alma. En esta que es toda roja, llevábamos décadas sin ver a uno de esos tipos. Décadas. Los ídolos que son tan importantes al ser recordatorios de las cosas más livianas y fundamentales de la vida. Como la fragilidad. El último ídolo del América se va sin el chorro de luz que le corresponde ahora que le han pedido que deje la cancha. Se rompió la rodilla por el equipo y los médicos le han dicho que todavía puede, que todavía alcanza, pero le han pedido que deje la cancha. Hizo el primer gol del ascenso. Se quiso quedar cuando otros quisieron irse. Sacó el repertorio que le quedaba en el sombrero. Fue mago. Es mago. Pero ya a nadie le importa la magia. No es negocio para los supermercados. A los 39, veo como en estos tiempos tristes, se van los últimos ídolos.

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