Gamín

Mayo 05, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Cuando la vida tenía una felicidad distinta, yo vivía en una casa con un antejardín donde crecían veraneras rosadas. La casa quedaba sobre la Avenida Roosevelt, antes de llegar a la 39. Para el momento en que mis abuelos se mudaron de San Bosco, esa era la última orilla de Cali y las casas colindaban con potreros y mangones de donde saltaban chuchas y culebras. Al yo nacer, mucho de ese monte ya había sido colonizado pero era normal que por el techo se metieran ratas de colas larguísimas que convertían las noches en un estruendo histérico que solo mi abuelo era capaz de apaciguar.En ese tiempo, al otro lado de la avenida no había arcos dorados promocionando hamburguesas empacadas en cajitas de cartón. Lo que se extendía al frente era un pastizal que en agosto servía para elevar cometas y, en meses sin viento, para que El Circo de Tarzán instalara su carpa. Mi abuelo era mecánico y a veces, cuando llegaba de trabajar, él y yo nos sentábamos afuera, en un murito de piedra, a mirar la vida que pasaba por el andén.Como en esos años los carros que transitaban por ahí no eran una procesión eterna de pitos y humo, no era raro que alguna vez pudiéramos escuchar la voz de los payasos o que en algún lugar de la oscuridad alcanzáramos a ver cómo la luz de los reflectores que adentro perseguía a los trapecistas en las alturas, se había escapado de la carpa para cortar en dos el cielo de la Roosevelt. Mi abuelo era un hombre de muy pocas palabras y tampoco era raro que algunas noches él y yo nos quedáramos callados todo el rato, contemplando ese espectáculo en absoluto silencio hasta que alguno de los dos dijera algo para cerciorase de que el otro no se perdiera una de esas cosas que a ambos maravillaban: ¿viste la luz blanca, abuelito?Había otras noches, en cambio, que la contemplación se rompía en varios pedazos por la voz de alguien que pasaba pidiendo algo de comer. Yo, por supuesto, ya no puedo recordar esas caras pero entre las nubes de la memoria todavía gravitan las manos de hombres y mujeres, de niños, extendidas por la reja con la palma abierta hacia el cielo donde Dios hacía malabares. La mañana de un domingo, uno de esos chicos que a veces veíamos aparecer entre las sombras del circo, llegó hasta la casa. Era domingo porque mi abuelo y yo teníamos el ritual de levantarnos temprano para ir a buscar el desayuno y cuando abrimos la puerta él estaba allí, del otro lado de la reja. Al verlo mi abuelo lo saludó contándole que apenas íbamos a conseguir el pan, que si nos quería esperar. Él dijo no, cómo se le ocurre señor, yo le hago el mandado. Al ratico, cuando regresó y abrimos la bolsa, el pan tenía un mordisco en la punta. Yo me acuerdo mucho de eso porque mi abuelo no dijo nada. No preguntó, no arrugó la boca, no arqueó las cejas, nada: repartió porciones iguales y los tres comimos sentados en el murito de piedra.Mi abuelo era un hombre de muy pocas palabras y por eso yo nunca le aprendí muchas, solo las justas. Cuando fue niño alguna vez él también tuvo que caminar descalzo. Y como desde chiquito estuvo trabajando y apenas terminó la primaria, su inteligencia acabó formándose en el oficio de sobrevivir y en los libros que en ese propósito fue encontrando. Ahora que ya no están él ni la casa de las veraneras, solo el silencio, me pregunto en qué momento la gente habrá aprendido palabras tan feas para referirse a otra gente. Yo tengo la hipótesis de que todo comenzó con el encierro. Que cuando empezamos a apeñuscarnos en los apartamenticos donde ahora vivimos, se nos estropeó la lengua. Tiene que ser eso. Yo me niego a creer que todo sea por la ambición y el poder, cosas ya construidas en el tiempo de mi abuelo y, él, a la gente, viniera de dónde viniera, me enseñó a decirle señor y señora, don, doña, niño, niña, amigo. Mi abuelo, claro, era solo un mecánico. Quién sabe qué le hubiera aprendido si hubiera sido presidente. Tal vez, ya estaría diciendo gamín.

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