Foristas

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Febrero 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Existen de estos: entran, reflexionan, recuerdan asuntos olvidados, plantean alternativas, se quejan, critican, a veces denuncian, dan pistas para emprender investigaciones. Hay días en que entran y salen, van y vienen defendiendo sus posturas, explicando por qué dicen lo que dicen. Y de cuando en vez, de cuando en vez, entre ellos se arman discusiones que más allá de una defensa de egos pueden leerse como debates que terminan enriqueciendo el espacio.Y los hay de otra especie: escudados bajo nombres que parecen sacados de una saga interplanetaria, escriben incontinentes. Y con sus computadores, Ipads, tabletas, teléfonos inteligentes (torpes a la hora de decirles que no), escriben cosas que tal vez no serían capaces de firmar con nombre y apellido. La mayoría de ocasiones dejan mensajes defendiendo una supuesta moral que ve con buenos ojos la eliminación del otro, la muerte del otro. El anonimato es una capucha y esa capucha les da la tranquilidad de hacerlo. Entonces lo dicen sin pena: ¡mátenlos!Se hacen llamar foristas y son los opinadores virtuales de las notas de prensa que, si todo sigue su curso, nunca terminarán convertidos en especie en vía de extinción. Yo no suelo leerlos por culpa de los de la segunda clase, los de la capucha. Con tal de no terminar salpicado por lo que sea que resultara siendo eso que los empuja, yo prefiero evitar el click e incluso perderme a los buenos, a los que no necesitan enmascararse para poder escribir.Pero escucho a colegas, amigos que lo hacen, y se aterran de lo que encuentran. La semana pasada lo que oí me recordó las mismas cosas que escuché hace ya casi un año, cuando escribí del hacinamiento en la cárcel de Villahermosa. Coincidencialmente esta vez también comentaban lo que habían dicho sobre una nota que narraba el espanto de la cárcel. Lo que pego a continuación son fragmentos de algunos de los 26 comentarios sobre lo que publiqué el 24 de marzo de 2013 en este diario y de los 36 que encontré bajo la crónica del domingo de hace ocho días. Entiendo que los foros, en su génesis, fueron pensados como espacios de participación para los lectores, canales de retroalimentación entre orillas hasta entonces lejanas. Y que su apertura obedeció, justamente, a eso por lo que la prensa ha venido luchando desde su nacimiento, darle voz a los que no tienen voz. Pero ahora que todos la tienen, ¿para qué está siendo usada? Yo no se qué es tener allá, en la cárcel, un dolor encerrado. Todavía no me han disparado por robarme, ni han secuestrado ni estafado ni extorsionado a nadie que ame. Así que no tengo idea de lo que podría sentir en caso de aquello pasara y el responsable fuera a prisión. No lo sé y no alcanzo a suponerlo. Creo, en todo caso, que desearle la muerte me haría muy parecido a él, seguramente un amante confeso de las capuchas. Mientras escribo esto, trato también de suponer qué sentiría si allá, tras las rejas, estuviera un ser querido (culpable o no) y alguien pidiera su cabeza como si hablara de una cucaracha; trato de suponer qué sentiría si leyera cosas como estas: “(…) en diciembre deberían de darles natilla y buñuelos con vidrio molido, para que se les acaben las vacaciones y no sufran mas por el hacinamiento”. “Les tengo la solución: un almuerzo apetitoso con RACUMIN, asi nos quitamos ese problema (sic) y nos queda cupo para recoger a tantos otros”. “Con una económica cámara de gas y unas buenas sillas eléctricas se acaba este problemilla”. “Esos engendros dejenerados (sic) no deberian de vivir ahi y en ningun lado”. “Ojala metan unos 2000 mas para que aprendan (sic)”.

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