El país de Sayuri

Octubre 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Soy un tonto. Un tonto que cree en las segundas oportunidades. Un romántico tonto que cree que eso que pasa en las películas, cuando la vida se ensaña con el protagonista y el protagonista se ensaña en levantarse, pasa en verdad. Y que la gente se levanta. A pesar de todo. De ellos mismos. De la vida. De todo.Hay, seguro, cosas mucho más serias sobre las cuales hablar en una columna de opinión: La Habana, la camioneta de Roy. Uribe y Santos. Santos y Uribe. Bla, bla, bla. Pero como soy tonto, me doy esta licencia. Y escribo sobre ella, que aunque no lo sepa, desde hace un par de días me hace despertar como un tonto feliz.Se llama Sayuri Usuriaga, tiene 19 años y acaba de ser elegida como la modelo revelación del Cali Exposhow. El viernes, cuando le dieron la noticia, dijo que ese era el día más feliz de su vida, que sentía que Dios, al fin, le estaba sonriendo. Cuando lo leí en el periódico yo también sonreí como cuando aparece el sol después del aguacero. Porque es verdad. Lo uno y lo otro.Conocí a Sayuri hace casi dos meses. Una tarde de septiembre nos encontramos en la banca de un parque y conversamos casi dos horas. Entonces ella me contó de su vida. De la vida que se había ensañado con ella. Y de la forma en que ella se había ensañado en levantarse. Hablamos de sus dolores. Dolores tan dolorosos como para no tener significado en el diccionario del sufrimiento. Hablamos de humillaciones. De la ciudad que creció dándole la espalda. De la selva, incluso cruel, para una chica que se había levantado con la ferocidad de una pantera. Hablamos de errores. Equivocaciones. De una condena. Y también hablamos del amor. Entonces me contó de Juan Carlos, “un negro feo” que cuando tenía 11 la conquistó robando cosas para quitarle el hambre. Hablamos de Cali. De esa Cali que no se ve y que es capaz de tragarse chicos, chicas, hombres, mujeres, familias enteras, sin que nadie se dé cuenta. Hablamos de la forma en que ella se salvó. De su obstinación en contravía del tiempo. Hablamos de las cicatrices que tiene en rodillas y muñecas. De un papá furioso. De una hermana muerta. De Mojica, el barrio salvaje. De los amigos que se fueron. De los sueños.Ahora entonces, cuando la leo y la veo en los periódicos, recuerdo todo eso. Y despierto feliz porque ella, y no las películas, me hace creer que es posible. Que a pesar de Santos y Uribe y las idioteces de Roy y las barbaridades de las Farc, este país y esta ciudad y su gente, aún tiene una oportunidad. Aún la tenemos. Esta chica, a la que una vez tantos le dieron la espalda, es un ejemplo de eso.Yo no creo en Roy ni en Santos ni en Uribe. Mucho menos en las Farc. No creo en el país que ellos ven. No creo en las soluciones que juran de uno y otro lado. Pero sí creo en el país que muchos otros llevan dentro. En ese que puede cambiar en la medida en que nosotros también lo hagamos. Creo en las segundas oportunidades. En la tozudez de quien se levanta para empezar de nuevo. Creo en quien prefiere el camino largo antes que el atajo. Creo en ese país. El país que representa una chica como Sayuri. En las lecciones que ella enseña.Puede que sea verdad. Que sea más importante hablar de esos tipos tan distinguidos que salen en fotos y noticieros y pelean en Twitter. Puede que sí. Pero yo soy un tonto. Y me doy esta licencia. Hoy, solo por hoy, prefiero hablar de la chica que así sea por un día hace de este país un sitio para despertar feliz. Soy un romántico. Y creo en la belleza de las porcelanas que se remiendan.

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