Doctores

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Agosto 18, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

La imaginación es un poder que al ser ejercido sin responsabilidad puede poner en aprietos a cualquiera. Alguien, me imagino, podría desde una oficina elevada en un edificio imaginar lo que pasa del lado más oculto de la ciudad. Creer que entiende lo que allí ocurre porque lo ha visto en los libros y lo ha estudiado en las réplicas de la marginalidad que compartimos con el resto del continente.Pero lo que pasa en Cali del lado que no aparece en las postales turísticas que la prometen como sucursal del cielo, pasa solo aquí y no es posible verlo desde lejos, detrás del vidrio de una ventana, o frente a la pantalla de un computador, o en una “visita a la zona” escoltada de policías y fotógrafos. Imagino, tal vez por eso, resulta tan complicado que lo que allá ocurre sea entendido por los responsables de direccionar las políticas y recursos públicos para que el Estado deje de ser una incógnita y de vez en cuando se materialice en afirmación: los doctores y doctoras, de mocasines lustrados y tacones, no caminan mucho por esos lados.Si lo hicieran, entenderían que cada vez que se aparecen allá a inaugurar una obra y se remangan la camisa o se dejan el traje pero se ponen un casco o unos tenis espantosos, se ven ridículos. Y no porque lo diga yo, sino porque así los ven. Ellos, la gente que vive del lado más oculto, no son ciegos a pesar de la oscuridad a la que han sido sometidos y entienden lo que hacen, entienden el mensaje y la farsa de las suelas plásticas. No les creen. Pero algunos se los hacen creer porque a veces los doctores, en medio de tanta promesa, cumplen algo y el hambre es casi siempre un consejero impaciente.Así como lo están imaginando no funciona. Y el asunto es que no se trata de algo que esté saliendo mal en un par de barrios, sino en la mitad de la ciudad: el año pasado en Cali murieron 247 menores y casi la mitad de ellos cayeron en las calles donde se supone todo debería marchar de otra forma. No es por arruinarle el momento a nadie, pero las tres principales razones de esas muertes fueron guerra entre pandillas, balas perdidas y fronteras invisibles. Si alguien se lo quiere imaginar, los chicos muertos son los suficientes como para llenar un bus del MÍO dejando solo unas cuantas sillas vacías. ¿No es acaso mucho? ¿Por qué nadie se preocupa por tratar de entender las razones que los están llevando a matarse?Los doctores deberían empezar por ir a caminar esa ciudad sin tanta alaraca y coreografía de orquesta. Hacer su trabajo y dejar de enviar a sus mandaderos, que lo que hacen es alargar más el incumplimiento de las promesas a través de “proyectos sociales” que comienzan pero nunca terminan. Tienen que ir. De lo contrario será muy difícil que les crean y hagan amigos con los que puedan pasar la tarde allá, viendo elevar cometas para entender que de ese lado el cielo es otro, como lo es la vida y la muerte. Un mundo donde “a ribetar” significa salir a pelear y el “sornero” es un disimulado inteligente porque “la bulla es la que mata”. Lugar de imaginación fantástica donde “ir botado” traduce dar papaya en tiempo presente y “subir a la báscula” es ganarse una tunda tan fuerte como para que el perdedor quede con la vivacidad de un costal de papas. Lo que aquí está muy bueno allá está “tres-tres” y si está “todo lindo” es porque “va ganado”. Allá “un evento” o “un folklor” pueden ser una rumba, pero también una vuelta que implique tiros y fugas o también “ir a darse besos con la hembrita”. Otro universo donde los piropos son disparos al corazón y no hay nada más letal que un “mija, ya sabe lo que lo toca”. El mismo universo donde un balazo es un “chaz” y si “se lo fumaron” es porque lo mataron. El mismo donde también se ama y hay gente muy buena que a pesar del olvido sigue teniendo confianza en ser vista. Y es un lugar muy lindo sí se sabe ver. No es tan difícil doctores: solo hay que escuchar a las personas. Voy a imaginar que alguno de ustedes aún conserva esa rara facultad.

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