Destino

Agosto 25, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Si es que en verdad existe, el destino está escrito como un misterio que nadie puede leer. Pero a veces deja notas olvidadas en algún libro de segunda.Entre las páginas 70 y 71 de una vieja edición de ‘Canto a mí Mismo’ de Walt Whitman que en el 2010 la Librería Atenas me vendió en trece mil pesos (permanece escrito a lápiz en su primera hoja), este domingo apareció un papelito del tamaño de una estampita religiosa que tal vez permanecía allí oculto a la espera de un milagro.Un rectángulo de fino papel corrugado en diminutas cuadrículas que alguna vez fue blanco y entre delgadas márgenes rojas tiene una dedicatoria que no me pertenece. Para: William / De: Jane. “Solo me queda Decirte que Eres lo que Necesito, y Si Soy tu amiga Con eso me Siento Orgullosa. Quedate a mi lado”. Dice en tinta azul y escrito así, sin tildes y con mayúsculas en contravía de la gramática pero levantadas en las palabras que suenan más importantes para ella: solo, decirte, eres, necesito, si, soy, con, siento, orgullosa, quédate.Debajo del mensaje y dibujados con marcador, dos pájaros vestidos con pestañas largas y plumas despeinadas comparten la rama de un árbol desde orillas opuestas. Sus ojos, delineados en tinta negra, no se encuentran en la mirada.Walt Whitman, el autor del libro, nació en Long Island (Nueva York) en 1819 y mientras dejaba la escuela a los 13 y ocupaba trabajos que lo llevaron a ser desde mensajero hasta editor de un periódico, se convertía en uno de los poetas más influyentes de los Estados Unidos. Aunque ha sido llamado el padre del verso libre, su estatura se ve mejor desde la perspectiva de otro grande: “Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, ?he dejado de ver tu barba llena de mariposas, ?ni tus hombros de pana gastados por la luna, ?ni tus muslos de Apolo virginal, ?ni tu voz como una columna de ceniza; ?anciano hermoso como la niebla ?que gemías igual que un pájaro? con el sexo atravesado por una aguja, ?enemigo del sátiro, ?enemigo de la vid ?y amante de los cuerpos bajo la burda tela”, le escribió Federico García Lorca en una oda titulada a su nombre.‘Canto a mí Mismo’ (1855) es una obra que comprende 52 poemas que no son otra cosa que la celebración del individuo en su relación con el otro y la composición del universo, de una forma a veces dolorosa pero siempre bella. Así que el hecho de que una dedicatoria dolorosamente bella se haya ocultado entre sus hojas, es una coincidencia de fuerza poética que debe estar relacionada con el destino.De pronto allí estaba escrito la ocurrencia de este episodio de la dedicatoria porque Jane, que la había metido en el libro que ahora es mío, lo extravió todo en un bus o en la calle y William nunca pudo leer. De pronto estaba escrita la publicación de esta columna para que William al fin lo hiciera. O, al contrario, para que recordara que esa nota y el libro que un día le regaló Jane, los cambió por unos pesos en la Atenas; entonces, al ver de nuevo las mayúsculas levantadas en las palabras más importantes que ella escribió, vuelva a leer el amor.Aunque la nota y toda esta historia en apariencia pueda no tener importancia para nadie distinto a Jane y William, justo ahora cuando lejos de aquí la paz se convierte en un enredo de palabras que se traduce en las mismas balas y muertes, vale la pena recordar que aquello que como país esperamos, empieza a construirse desde las diminutas acciones de nuestra cotidianidad. Intentar ayudar a entregar un mensaje presuntamente extraviado entre dos sospechosos de amarse no es un ejemplo sino un pretexto para decirlo. La paz no es poesía. La paz es el destino. Y el camino para encontrarlo no está solo en Cuba, sino por ahí, en el carro, el bus, el trabajo, la casa, una nota, un abrazo, el perdón, unas palabras, gracias, te quiero. Entre las páginas 70 y 71, donde se escondía la dedicatoria, está el poema 20 de ‘Canto a mí Mismo’ que Whitman termina así: “Si nadie me ve, no importa, y si todos me ven no me importa tampoco. Un mundo me ve, el más grande todos los mundos: yo. Si llego a mi destino ahora mismo, lo aceptaré con alegría, y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré… esperaré alegremente también”.

VER COMENTARIOS
Columnistas