Carlitos

Octubre 17, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

La primera vez que lo vieron perderse (y encontrarse) en el agua fue en los 70 y pico, cree su hermana Cecilia. Ella se pone a echar cabeza y ve entonces por allá un paseo familiar al que también fueron sus hermanas Patria y Sandra. Y don José, su papá. Claro, don José estuvo porque era un paseo al río. A San Cipriano. Entonces Cecilia se acuerda que estaban al borde de un charco muy hondo cuando él les dijo “ya vengo”. Y ya vengo es que se fue para abajo, tan abajo, que Cecilia ahora siente que pasaron varios minutos porque también se acuerda que ella empezó a decir y preguntar, no solo a sus hermanas sino muy pasito a Dios: ¿por qué no sale? ¿¡por qué no sale Carlos!?Y lo que pasa es que Carlos se había ido a descubrir los confines de ese charco que terminaba muy lejos. Y por eso la demora. Y también porque abajo es hermoso: el silencio. La liviandad. El cielo al revés. Por eso la demora. Carlos tenía menos de 20 años y cuando salió del estómago de ese charco lo hizo rompiendo la superficie en un salto de dicha que en adelante definiría su lugar en el mundo: “¡Esto es una maravilla! ¡Es hondísimo! ¡Una maravilla! ¡Esto es lo que yo quiero en mi vida…”, dijo al recobrar el aire.Cuarto de siete hermanos, Carlos estudió ingeniería eléctrica quizás influido por el ejemplo de su padre que tenía un negocio de soluciones eléctricas en el que todos los hijos habían tenido que participar, echando una mano en algún momento. De modo que así terminó estudiando esa carrera y luego trabajando con el papá. En esas andaba de hecho, cuando yendo a Buenaventura a reparar neveras se encontró a don Harold en el Puerto, un viejo amigo de la familia que se había hecho dueño de un barco de buceo. Y como Carlos, mientras iba arreglando aparatos, también se había convertido en buzo profesional, se fue a trabajar con don Harold sin pensarlo.Porque reparando circuitos, cuenta Janeth, su otra hermana, Carlos nunca fue feliz. A Carlos lo que le gustaba era la naturaleza. Cuando estaban niños, en una finquita que tuvieron por Pance, Carlos se iba hasta por las noches al río. Amaba la naturaleza. La amaba con pasión, dice Janeth, explicando que por eso se hizo buzo y por eso mismo se quedó trabajando en el mar. Y por eso amaba ese trabajo. Lo amaba. Con el tiempo Carlos se convirtió en el alma del barco: ayudante del capitán, buzo líder, todero, profesor, McGyver capaz de remendar una telaraña y utilizarla para pescar sardinas, allí Carlos Enrique Jiménez Agudelo dejó de ser Carlos para ser Carlitos.Así le quedaban diciendo todos los que pasaban por ese barco. Los colegas, la tripulación, los buzos instructores de las piscinas Alberto Galindo, los principiantes, los que llevan más tiempo bajo el mar que en tierra firme, los que se volvían amigos, que eran casi todos. Las expediciones a Gorgona. Carlitos. Sus hermanas junto a la familia, el fin de semana pasado le celebraron una misa por su cumpleaños 53. Caleño. Del barrio Guayaquil. Fue en la capilla de El Templete.Misa para Carlitos. El 31 de agosto, cuando hacía una inmersión en Malpelo -a 500 kilómetros de Buenaventura- Carlitos derivó y se lo llevó una corriente en compañía de otros tres buzos muy experimentados. Dos de ellos sobrevivieron y fueron rescatados por un barco a los dos días, 39 millas náuticas lejos. El 9 de septiembre la Armada recuperó el cuerpo de Erika Vanessa Díaz. Pero Carlitos se quedó en el mar. Después de preguntárselo muy pasito a Dios, y tal vez muy fuerte, y sin duda todos los días: ¿por qué no sale? ¿¡por qué no sale Carlos!?, su hermana Cecilia piensa ahora que quizás, en parte, es cosa del cielo. Porque amaba el mar, dice ella echándole cabeza a la última vez que viajaron juntos en el barco. ¿Algún día piensas retirarte?, recuerda haberle preguntando en medio de las olas de aquella ocasión. Fue justo hace un año. Mientras tenga vida no, le respondió él. Esta es mi vida, dice ella que dijo Carlitos, con la mirada perdida en el mar…

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