Calambre

Mayo 26, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

En muchos sentidos, el fútbol es una representación a escala de la humanidad que en repeticiones de alta definición nos recuerda algunas de nuestras debilidades más frecuentes. Extender los tiempos podría ser una de ellas. Desde hace rato la Fifa discute la conveniencia de que los partidos de instancias decisivas que hayan terminado empatados en los 90 minutos se definan por penaltis y no por tiempo extra. Suena raro pero incluso el multimillonario monopolio estaría dispuesto a perder dinero con transmisiones más cortas, si eso evita el bochorno de que sus jugadores sigan cayendo acalambrados en el periodo de reposición.El sábado en la final de la Champions League le pasó a Cristiano Rolando, un superfutbolista del futuro que desde hace mucho se ha preparado para no caer. Pero hasta él lo hizo. Con todos sus millones y músculos estirados, Cristiano terminó en el suelo, en el minuto ciento y pico, pidiendo ayuda para sus piernas retorcidas del cansancio. A la Fifa, que solo le importa el dinero, de un tiempo para acá empezaron a preocuparle cosas como esas porque ahora le queda muy difícil andar escondiendo sus muertos: en el otro siglo, si un jugador caía infartado en la mitad de un partido de una liga africana, aquello podía pasar como un rumor; de ocurrir ahora, tomaría segundos para convertirse en condena social en todos los lugares del mundo con conexión WiFi. La Fifa quiere evitar el bochorno y seguir vendiendo camisetas alrededor de la galaxia.El tiempo extra es un invento de la ambición. Tuvo lugar en una época distinta y un fútbol sin tanto anabólico donde los partidos eran paisajes que se confundían con el arte. Entonces alguien, confundido también por tanta belleza, quiso sacar tajada de esa suerte y modificar la ley para que se convirtiera en regla que ante la imposibilidad de que un juego se resolviera en el plazo estipulado, se prolongara por media hora. La imposición del deseo sobre la sensatez, dejó alargues preciosos para la historia de los Mundiales que nunca serán olvidados por ser en su mayoría ejemplo de las virtudes humanas que también nos recuerda el fútbol: la obstinación, la solidaridad, el sacrificio, la nobleza, la humildad, el respeto. Es una lista larga para ser leída en otro fútbol y otro tiempo; en el de la hiperconexión no son buen negocio los excesos porque con tanta camarita de video metida en tanta parte, detrás de lo que nos hacen ver como una extensión de la belleza ahora podemos notar lo que antes no y reprochar por lo que antes solo suponíamos. Ejemplo: el calambre de un jugador obligado a correr más tiempo del que puede.Detenidos ante el televisor, como nos ocurrió a muchos el sábado, deberíamos tener en cuenta con mayor conciencia cómo el fútbol y su funcionamiento nos refleja el funcionamiento de la sociedad: su máximo organismo rector está dispuesto a perder plata haciendo transmisiones más cortas, sin tiempos extra para más comerciales, porque ahora todos podemos ver y condenar lo que ordenan sus leyes. Sabe que nosotros, los hinchas, podríamos reprochar hasta el cansancio si algo le ocurriera a Ronaldo o a Messi, o a cualquiera, por andar corriendo como animal desbocado en el minuto 120. Teme que los tuits y los mensajes de Facebook y las fotos en señal de protesta, se transformen en notas de prensa que empujen una presión insostenible. La Fifa sabe que rodarían cabezas, quizás la del presidente. Por eso anuncia cambios y después de Brasil tal vez se acaben los tiempos extra.En este país futbolero deberíamos tener en cuenta el ejemplo y ser más conscientes del poder que tenemos. Porque ya nada es como antes y ahora hasta los rumores pueden ser vistos en HD. La información replicada gracias a tanta camarita por ahí metida, nos va protegiendo cada vez mejor del engaño y nosotros también miramos. También los miramos. Tal vez vaya siendo tiempo de que sepan que no a todos nos gustan los alargues. Finalmente este no es el tiempo de Pelé, Sócrates ni Maradona. Por desgracia este no es tiempo de genios ni sabios, este solo es tiempo de zorros y santos que no hacen milagros.

VER COMENTARIOS
Columnistas