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Enero 23, 2017 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

La primera vez que los vi juntos, padre e hija jugaban fútbol pasándose el balón adentro de la cancha. Año 2001: cuando ella era una niña y acompañar a su papá a los partidos de la empresa, el fin de semana, podía ser plan. Entonces antes de que empezara el picado, o luego, la escena de Gerardo y Camila solía repetirse como un ritual de amor.No era el garabato de una niña sin más chance para compartir tiempo con su papá, sino al contrario, la pintura de dos almas que se comunicaban jugando a la pelota. De un papá y una hija yendo al parque. Camila, la hija mayor de Gerardo, le heredó el incorregible gusto por el fútbol y en esa época, sin escuelas para chicas, ni liga, ni canchas sintéticas a 80 la hora, aquellos momentos de comunión filial se veían a la distancia como ocurriendo en un parque de diversiones hecho a su medida. Con entradas dobles e ilimitadas para ellos.A Gerardo el fútbol le gusta como el pan. Y de peladito tuvo el sueño de tantos peladitos de haber sido futbolista. De haberse dedicado en serio y haber jugado en el Pascual Guerrero con la tribuna toda roja. Porque desde peladito muy americano. Entonces por eso el Pascual. Y también porque en alguna curva de la vida yo creo que se lo imaginó menos sueño y más cerca: los veteranos del barrio le decían ‘maradoniño’. Le decían así. ‘Maradoniño’, por todo lo que jugaba, y la melena, y las medias abajo. De hecho su leyenda personal cuenta un gol famoso en las calles del barrio Santander que le celebran los viejos; uno así como el del pelusa en el 86 contra los ingleses. Pero al crecer, Gerardo eligió ser periodista. Un reportero tenaz y perseverante. Al jugador de fútbol lo dejó para sábados y domingos. Aunque no lo jubiló: muchas tardes de esos días, en la vieja cancha que había en la planta del periódico, lo vi hacer cosas coincidentes con la chapa que le encaramaron. Una vez, después de un avance en ataque y mientras se devolvía caminando de espaldas al arco contrario, pescó de taco un balón que quedó rebotando en la bomba de las 18. Bañó al arquero. Gol. Golazo. ¡¡¡Maradoniño!!!Camila no estaba ese día. Pero otros días lo vio hacer otras muchas cosas a través de las cuales le enseñaba, en una jugada, su manera de encarar el mundo. O de ser papá. Porque el fútbol, como los parques de diversiones, pueden ser mucho más que la aparente simpleza de patear una pelota o subirse a la rueda. Pueden ser, por qué no, una escuela. En una cancha, por ejemplo, un padre puede enseñarle a su hija de solidaridad. O de sacrificio. O de persistencia. Persistir.Desde los 6-7 años, Camila casi siempre fue a jugar con su papá los fines de semana. Desde esa edad lo hacía todo bien: le pegaba con el borde interno, bajaba el balón con el empeine, hacía cambios de frente, y encima de zurda. Un día empezó a jugar con nosotros. Y luego ya era ridículo que jugáramos con ella: Escuela sarmiento Lora, Selección Valle, el sueño de Gerardo que se proyectaba en su hija mayor. Una vez lo vi hacerle un retablo de fotos, con una secuencia donde ella pateaba un penalti en el Pascual. Era para un regalo de cumpleaños. Persistir, le ha dicho él toda la vida. Este domingo que viene, Camila Quintero debuta con el equipo femenino del América que jugará el preliminar del primer partido del regreso rojo a la A. Camila en el Pascual. Llevará el 15 en la espalda. Persistir, le enseñó Gerardo. Que ese día estará en la tribuna. Enseñándole con su ejemplo lo mismo. En su ritual de amor.

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