Barón rojo

Abril 30, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jorge E. Rojas

Se trepaban a los árboles que crecían al borde de la cancha, rodeada de guácimos que servían de tribuna a la gente que llegaba tarde y desde esa altura intentaba ver lo que quedara del partido. Permanecían ahí hasta que acabara el juego, acomodados de alguna forma sobre las ramas, ya que con acercarse más no iba a mejorar la vista: abajo, sobre todo el margen rectangular, un apretujadero de gente. Familias, niños de pantalones cortos, abuelos, papás a los que no les daba miedo llevar a sus hijos al fútbol, seguros de que el mayor riesgo que corrían era el de llevarse un pelotazo en la cara. Años 30 en Cali. Imagínese los balones de ese tiempo: básicamente vejigas cosidas con la costura sobresaliente, como una cicatriz remendada por un cordón de cuero ensartado a punzón. Imagine entonces por qué los primeros futbolistas vestían boinas para jugar los partidos, previendo los dolorosos cabezazos posibles hasta el minuto noventa. Imagínese entonces un balonazo de esos. Quienes los recibieron por accidente mientras alentaban a esos futbolistas fueron los primeros hinchas. Y ese, seguramente, fue el primer aguante.

Porque aguantar no es un verbo descubierto por esta generación pirata que alucina creyendo que por izar unos trapos sobre la marea roja de sur, tiene derecho a decidir sobre el universo, como en la era de los corsarios que atracaban y mataban a lo ancho de los océanos: “(…)Estamos en completo desacuerdo con que el partido Cortuluá-Nacional se lleve a cabo en el estadio Olímpico Pascual Guerrero. No nos hacemos responsables de la seguridad de la ciudad en caso de que tal partido se desarrolle. No asumimos ningún tipo de compromiso de buen comportamiento de parte de los jóvenes barras ni garantizamos buena convivencia…”, escribieron este martes en un comunicado que hicieron público con el logo de Barón Rojo Sur, amenazándonos a todos ante la inminencia de un partido que en su entender nada tiene que ver con nosotros. Pobres diablos. Como si la cancha fuera de ellos. Como si la ciudad fuera de ellos. Como si América pudiera pertenecer a esa caterva de desmemoriados que olvidan que el equipo tiene apellido hace rato, y no es BRS, es ‘La pasión de un pueblo’.

En los treinta, o en la génesis, América entrenaba en un pastizal que quedaba por donde hoy queda la Clínica Versalles. La cancha de Galilea, le decían, a lo que más bien era un potrero que con dos arcos ahí enraizados se había ganado el derecho de ser reconocido como campo de fútbol. Por esa condición silvestre es que no resulta macondiano hablar de guácimos frondosos a unos cuantos pasos de la raya. Como tampoco ha sido una generosidad de la poesía la imagen de los hinchas entre el follaje. Pasó. Y no solo una sino muchas veces. No solo como recurso para solucionar la tardanza de una tarde, o para poder ver mejor, sino seguramente para que los jugadores también los vieran y así sintieran el aliento, que ya en tiempos olvidados fue el árbol genealógico de donde brotaron todos los aficionados del planeta. Hinchas colgando entre las ramas. Imagine la belleza. Hinchas tan constantes que un día fueron bautizados la primera barra: ‘La barra del guácimo’.

Así se llamó la primera barra mientras que la de ahora, la que se precia ser la más grande, bautiza sus divisiones como Bloques, con esa sonoridad a pelotón de guerra. Puede que no sea su intención pero es lo que dan a entender; dejen de insistir en que todo es una interpretación de la prensa, como escribieron el miércoles en otro comunicado. Las imágenes que ustedes nos han dejado no solo son las de los cánticos, las banderas, las humaredas rojas y los aguaceros de papel picado cuando el equipo salta a la cancha. Las imágenes con que ustedes serán recordados, muchachos, incluyen peleas de puñal en la grada y atracos a la salida del estadio. No es mala interpretación. Debajo de tanto trapo y tanto humo, parece que están perdiendo la memoria.

VER COMENTARIOS
Columnistas