Animal

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Febrero 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Un chico lanza a un gato contra un edificio. Se llama Farid de la Morlette y tiene 24 años. Vive en Francia. Está vestido con un suéter deportivo Adidas, zapatos de goma, gorra. Alguien lo filma en Marsella. Farid, con la mirada escondida detrás de unas gafas, sonríe a la cámara. Luego hace lo que hace. El gato vive. Entonces el muchacho lo celebra mirando otra vez al lente, tranquilo autor de una pilatuna. El gato permanece quieto, en el suelo, aturdido mientras Farid festeja su gracia como si en verdad lo suyo fuera travesura: quebrar un vidrio de un balonazo o tocarle el timbre a la vecina para después correr. Al momento lo repite. Y luego vuelve a reír. Todo en cámara.Farid subió el video a la red y al poco tiempo fue capturado. La semana pasada se conoció la noticia: “la presión de las redes sociales fue vital para encontrar al culpable de tal exceso”; “gracias a Facebook fue posible determinar en dónde vivía y el lugar donde ocurrió el caso”. Los periódicos, sobre todo los franceses, pusieron fotos de mapas satelitales marca Google para que la gente pudiera ver el lugar donde vivía Farid. En la mayoría de notas de prensa, la animalada fue repudiada con la misma decisión con que se aplaudió la labor de las redes sociales. Cuando vi la noticia por primera vez, tuve una sensación parecida: ganas de vomitar ante la estupidez del hombre y cierto frescor, cierto alivio, al saber que en esas mismas redes sociales había otros hombres, otras mujeres, otros seres humanos. Farid de la Morlette fue condenado a un año de prisión, acusado de maltrato animal. Nunca jamás en su vida podrá tener una mascota, determinó la justicia francesa.Cuando encontré esto en un portal, creo que yo también, frente a la pantalla, tuve el impulso de aplaudir. Pero luego me puse a pensar, si no era eso, justamente eso, lo que buscaban sujetos como Farid. Porque en este tiempo donde a un click podemos saber qué tan caliente está el sol, hay cada vez más tipos capaces de cualquier cosa con tal de ser vistos allí, en la red, el lugar que hoy legitima existir. Para bien o para mal, ser vistos ahí, parece, se ha convertido en una prueba de vida: de que estamos vivos, de dónde vivimos, cómo vivimos, el niño está grande, la gasolina muy cara, paseo en la costa, estoy loco, voy a matar un gato. Clickeo luego existo.En menor grado, ¿cuántas pequeñas locuras no hacemos en la vida cotidiana para dejar también probada nuestra existencia en la realidad virtual? ¿Cuántas veces no hemos discutido con alguien porque subió a Facebook esa foto en la que salimos con aquel gesto tan feo? ¿Cuántas veces usted, señor lector, no ha puesto en su identificador de estado, o ha leído en el identificador de Gmail de un amigo, la muletilla modo? ¿Lo recuerda?: Modo: salsa. Modo: de trasteo. Modo: la felicidad no existe. Cada vez que veo cosas como esas, la del tipo y el gato, me pregunto si en verdad fueron mejores los otros tiempos. Y me pregunto si cosas como esas no habrían pasado allá, cuando la vida se vivía en el hoy, en la piel y no en las pantallitas. ¿Habría existido un Farid capaz de estrellar a un gato contra la pared, si no hubiera sabido que iba a ser visto por el mundo entero? Este domingo, en www.meltybuzz.fr, encontré una nota según la cual Farid de la Morlette fue atacado en prisión. El rumor nació de un tuit de alguien que lo aseguraba y pegaba la foto de un hombre todo moreteado. En un comentario del foro, un lector dijo: “(…) es el rostro magullado de un estudiante francés arrestado en Ginebra, en un caso que se remonta a 2010!”. ¿Es en verdad este, el mundo moderno? ¿Éramos antes tan primitivos? ¿Tan animales?

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