América

América

Junio 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

En el fútbol hace rato que se perdió la decencia pero va siendo hora de empezar a recordarla. Lo que esta semana hicieron las directivas del América con su hinchada fue una grosería del tamaño del estadio. Es entendible que por la clasificación a la final subieran el precio de la boletería, pero no que las tarifas casi llegaran a triplicarse y que un puesto en primer piso de la tribuna occidental haya sido tasado en noventa mil pesos cuando durante todo el semestre costó menos de treinta mil. Claro, era la final y había que pensar en el negocio, pagar deudas, premios, asuntos todos urgentes. ¿Pero y la gente? ¿No es una urgencia la gente?Yo conozco gente que nunca falla en la grada. Gente que se endeuda, que cada ocho días hace pequeños sacrificios para estar ahí, alentando, saltando, amando. Gente que deja de comer para alimentarse de esa cosa extraña que es el América. Taxistas que paran sus carros para ir al estadio. Papás que llegan tarde a casa, chicos que han inventado un nuevo día en la semana, un nuevo mes en el año, un nuevo estado en el tiempo porque para ellos, cuando el equipo juega, no es domingo ni es miércoles. No es lunes ni jueves, no es diciembre, no es junio, no es hoy, es siempre: “Un carnaval”. Yo conozco gente que por ese carnaval no ha muerto.Y también otra que por ese carnal vive. Gente que lleva muchos años vendiendo chorizos y banderas por ahí por el Pascual. Gente que ha levantado hijos vendiendo agua y gaseosa, fritando dedos de queso, sirviendo lechona, preparando papas rellenas, empacando maní en bolsitas para vender cuando otra gente se viste de rojo. Porque ellos saben que esos hinchas que escogieron la sangre como el color de su vida, nunca fallan. Y que quizás pueden ser más fieles cuando las dificultades opacan la gloria. Ellos lo saben. Saben que llegarán, que ese equipo es su primera opción, su plan A, la única letra en el abecedario. ¿No será también una urgencia toda esta gente?Este ya no es el tiempo de los traquetos. Tampoco es el tiempo de Bataglia y Gareca. Aquí no está Falcioni, no juega El Pitufo, El Polilla no estará esperando en las dieciocho para resolver un problema de un cabezazo o una chilena. Atrás no está Balbis. Cabañas no saldrá con la pelota dormida en la frente. El Pony no es el que se ve en el banco de suplentes. Mazziri no juega por el lateral izquierdo. Cuando hay un tiro libre ya no se grita ¡Jersson-Jersson! La zurda de El Pibe del barrio Obrero ya no aparece para meter un cambio de frente y convertir un pase en el comienzo de una aventura poética. La tribuna occidental ya no tiembla de alegría de tan solo ver en la pista atlética a ese muchacho desgarbado y díscolo que apodaban Palomo y se apellidaba Usuriaga.Ahora las alegrías son otras. Ya no dependen de los genios sino de un puñado de entusiastas de los que apenas estamos conociendo el nombre. Pero eso no importa. No a nosotros. Porque un equipo no son los nombres. Ni los momentos. Ni el número de estrellas bordadas en la camiseta. Un equipo es la representación de un pueblo, de la calle, del barrio, de un montón de significados que atraviesan la vida y la piel, como una enfermedad incurable o como un sentimiento. Un equipo es un sentimiento enfermizo. Y durante estos seis meses, durante estos tres años, la fidelidad con ese sentimiento a mí me da la impresión que ha quedado más que demostrada. Entonces no es justo. No es justo con la gente. No es justo con esta gente que representa a este América. No es justo con sus sentimientos. Hablo solo de los directivos porque es muy temprano para hablar de los jugadores: es domingo y escribo antes de conocer el resultado del partido. Mi indignación y yo, vamos de camino al estadio.

VER COMENTARIOS
Columnistas