Acepciones

Acepciones

Marzo 21, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Con mi tía Miriam aprendí que a las carteras y bolsos que ella y mi mamá y mi abuela usaban, también se les decía escarcela. ¿Mijito me alcanzás mi escarcela? ¿Ve, vos has visto la escarcela de tu mamá? La primera vez que utilicé esa palabra fuera de la casa provocó risas en el recreo; hubo un niño que le sonó a insulto; un gordo se relamió preguntando si eso sabía bueno con acema, y otro más, que salió corriendo, la asoció con una enfermedad contagiosa de brotes purulentos: ¡¡Rojas tiene escarcela, Rojas tiene escarceeeeeeela…!!, gritaba el pobre. No lo olvido porque fue una de mis primeras veces con el diccionario de sinónimos. Yo igualmente salí corriendo a confirmar la verdad: bolsa, mochila, morral, también era eso. Así que en la ampliación del término leí aquella anécdota como un sinónimo particular: mi tía sabía cosas que ningún otro niño sabía.Cuando tenía entre veinte y treinta, mi tía Miriam trabajó en el Museo de Ciencias Naturales que en ese tiempo quedaba en una casa blanca y esquinera pegada al río Cali. Entre otros asuntos allí tenía que servir de guía para los grupos de estudiantes que en esa época todavía se maravillaban escuchando explicaciones sobre un gato momificado. Entonces por eso ella sabía cosas fantásticas: para qué le sirven las rayas a un tigre o cuántas veces al año muda de piel una serpiente coral.Todas sus explicaciones y conversaciones venían siempre envueltas en un pocotón de palabras que por su singularidad también resultaban maravillosas al oído de un niño: a las gafas les decía acuarios, al platón aguamanil, al aguacero lapo de agua, a los tacones zancos, a los carros berlinas, y a los calzones de mi abuela, que colgados y secándose al viento en el patio de la casa habrían podido ser vistos desde el Atlántico, banderas. Mi tía, la hermana mayor de mi mamá y la única tía que crecí conociendo, es muy caleña y la ciudad se le riega en el hablado: hija de una modista y un mecánico enfermo por el América, niña por las calles de San Bosco y San Nicolás, fue gracias a ella que yo aprendí esas palabras. Y sus acepciones menos convencionales. O más hermosas.Con mi tía Miriam también aprendí a decir papá. Me lo enseñaron ella y su esposo Humberto, que a la hora de yo nacer acompañaron la soledad de mi madre amándome como si también me hubieran parido. Con ellos aprendí que el hijo que tuvieron, David, mi primo, sería también mi hermano. Y que un día el orgullo me movería el pecho al verlo convertido en hombre. A su lado supe que la exactitud de los lazos familiares no depende de los linajes de sangre. Y que el amor a veces explica lo incomprensible.Este viernes, poco antes de las diez de la noche, mi tía yo tomábamos café en una panadería que sobre la calle 47 está entrando unas cuadras al barrio El Bosque. Al momento de pagar, un golpe en la cabeza y dos hampones: uno con un revólver que me esculca y saca todo de los bolsillos mientras otro, con un arma recortada, apunta al dependiente y roba al vigilante. El del revólver era flaco, pálido, de ojos amarillos y ojeras, los dientes separados y manchados por el humo; el otro es trigueño, con un bozo incipiente, el palo a ras: ¡¡No te lo vas a hacer pegar!!, me sugería rabioso mientras alzaba el arma y pasaba detrás del mostrador. Ninguno vio a mi tía, que en cierto instante quedó en el medio, con las manos en alto y la argolla de matrimonio expuesta. Ninguno de los tres. Porque eran tres lo que andaban en una moto. Tampoco le vieron el reloj ni los aretes que una vez y sin pretexto le había dado mi papá. Ese día, ese viernes, unas horas antes, habíamos enterrado su cuerpo después de que diera una lucha muy tenaz contra una enfermedad para la que no hay sinónimos. Él y mi tía estuvieron casados 38 años y en ese tiempo él nunca la dejó sola. Así que ese día, en medio de todo, con ella pudimos leer otra acepción de la palabra papá: cuando es de verdad, corresponde al hombre capaz de extender su manos aun desde la otra vida. Mi tía me sigue ampliando el diccionario.

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