A la orilla

A la orilla

Mayo 28, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jorge E. Rojas

Ahí está el mar. Con los pescadores y su suerte cruzando el horizonte, y los pelícanos pensando desde las ondulaciones del viento la forma de lanzarse a pescar el día. La banda sonora de las olas pasando por debajo de la lancha: ¡¡¡Plasssss!!! - ¡¡¡Plasssss!!! / ¡¡¡Plasssss!!! - ¡¡¡Plasssss!!! / ¡¡¡Plasssss!!!- ¡¡¡Plasssss!!!, y Juanchaco a 40 minutos. A diez mil pesos de moto-carro desde el muelle, Ladrilleros. Más adentro La Barra. Esos ya son los alrededores del Parque Nacional Natural Uramba, una de las zonas más biodiversas del mundo.

En Uramba quedan cayos y acantilados vírgenes, y curvas donde el océano se apacigua en las sorpresas de la selva: cascadas imposibles de presumir detrás de los esteros; el universo que buscan las ballenas del Ártico para tener sus crías y aparearse justo por allí, entre julio y noviembre de cada año, en ese mar. Bajo el cielo roto por las fragatas y sus intentos de robar el botín que se han embuchado los pelícanos.

Mar que allá también es verde y manso, como le va dando vueltas a La Sierpe, a media hora de Juanchaco y con 25 familias de pescadores viviendo en la cresta de la isla. La mayoría de mujeres son piangüeras y los hombres que no trabajan como pescadores están dedicados a la costura de navíos que comenzaron a hacer agua en las faenas mar-adentro. A menudo ese es el paisaje repetido en las orillas: mostaceros, piqueros pati-azules sobrevolando y saltando entre las ramas de los árboles. Árboles y árboles. Y mar y mar. Y las leyendas de don Timoteo García, que una vez sacó de las profundidades un guacapá que no cabía en la nevera de ningún cristiano.

Mar del rebusque. Mar de capitanes de lanchas turísticas. Los Capis. En Juanchaco, varios días sus días suelen terminar a unos metros del desembarcadero, cuando la marea limpia el playón y después de las cuatro de la tarde alguien lanza una pelota de fútbol para que empiecen eternos partidos con sobrecupo y finales casi siempre imprevistas: a veces cada que haya un gol. Con goles o sin goles, irremediablemente cuando el sol haya llevado su panza al otro lado del mar.

Mar brujo diametralmente contrario a las postales turísticas del Caribe fotografiado como una clorificada piscina de resort para niños. Mar salvaje. Pero noble. Wilber y Justiniano, pelados que nacieron en las playas de Ladrilleros, por eso tienen ahí andando una escuela de surf, Coco-Surf. Ellos aprendieron con los primeros turistas que llevaron la moda. A veces la novia de uno de los turistas se cansaba de practicar y les prestaba la tabla. A veces los turistas se tomaban el tiempo de enseñarles. Aunque ellos nacieron dominando olas a fuerza de potrillo, como quiera que es una costumbre ancestral arraigada en su naturaleza. Más o menos el mismo lugar donde se aloja la obstinación por enseñarle a surfear a los peladitos que crecen persiguiendo monedas a las horas de desembarco en el muelle. Porque surfeando, creen ellos, Wilber y Justiniano, un día esos peladitos tal vez sentirán que el universo les pertenece de otra forma. Y ellos a su vez. Les sucederá cuando al fin vayan encima de una ola y fragmentados en el todo de la dicha, tengan la inolvidable sensación de ser parte del agua, de la arena, del cielo, de la espuma del mundo dando vueltas en liviandad. El mar. Ese mar. Queda a tres horas de Cali. Después de una carretera sin fin. En Buenaventura. A orillas del olvido.

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