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Agosto 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Un cigarrillo antes del avión, el hombre jura que cuando el niño vio a la niña subirse al bus del jardín infantil, supo que a partir de entonces ya no iba a querer el arenero con nadie más; mientras ella busca un asiento y su pelo recién lavado perfuma la ruta entera de un olor a champú amarillo que no irrita los ojos, descubre el niño, ahí en ese instante, que por primera vez en su vida de 5 años está viendo a una niña como niña y que esa revelación a él también lo descubre distinto. Es una confusión electrizante, como el dolor risueño de un calambre en el dedo chiquito del pie. Quiere mirarla, no, decirle algo, mejor no. Ambos llevan la camisa blanca y el pantalón corto del uniforme. A él, inmóvil, le sudan las manos. Fue todo cosa de segundos. Tal vez 23.Por razones irresueltas, ese día el niño no le habló. Ni ese ni los siguientes. Entre lo que queda mal guardado en la memoria, ella sigue avanzando por el pasillo del bus al tiempo que a él las palabras se le atrancan como una espina de pescado en la garganta. Hasta que una mañana la saluda entregándole una flor que había arrancado de una matera de su casa y ella, al acomodarse en su puesto, lo mira sonriente. Los recuerdos, temblorosos, se van acumulando como cenizas en la punta del cigarrillo. El vuelo 9211 se prepara para desaparecer en el aire.Hasta aquí, cuando la escena transcurre cerca de la dudosa perfección de una película gringa, lo más inquietante de la historia acaso ha sido la forma en que el humo se desprende de la colilla mientras fumamos: treinta y algo de años más tarde, el hombre dice recordar, además de todo lo otro, cosas tan mínimas como el color de las pecas que la niña tenía junto a la nariz; o la piel bajo las pecas, moldeada tan suave a través de sus palabras que la descripción también encajaría en el envoltorio de una figurita de porcelana. Era tan bonita, dice, que a los pocos días otro niño también empezó a saludarla con flores para convertir así, el recorrido que hacía desde la puerta del bus hasta su asiento, en un camino de ofrendas olorosas que provocaba un estornudo de risas entre las otras niñas.Pero cuando se anuncia un final redondo y yo espero que en una última bocanada todo acabe en perdices servidas sobre el plato de la felicidad, el hombre dice que lleva todo este tiempo, treinta y algo de años, buscando rudimentariamente a esa niña de la que no recuerda el nombre. De ese olvido le echa la culpa al cigarrillo. El hombre lleva veinte años fumando y está seguro que con el tiempo el humo va desplazando recuerdos al azar. Una vez, no hace mucho, regresó al jardín infantil y estuvo viendo las fotos de los niños de esa época; encontró la suya y se reconoció en una sonrisa desdentada. Pero no la vio a ella. Junto a las fotos había nombres y estuvo vacilando entre varios pero ninguno, ahí escrito, le sonó a lo que en ese tiempo le sonaba el de ella. Tampoco entonces por eso ha podido buscarla en el directorio telefónico ni en Facebook y de eso también culpa al cigarrillo. Ambos coincidimos en el sabor rojo de un Marlboro. Él fuma muy despacio, como si nadie lo esperara en ninguna parte.En el túnel del avión dice que para reconocerla tendría que verla de cerca para reconocerse a sí mismo en el corrientazo de dolor risueño que relaciona con un calambre en el dedo chiquito del pie. Él calza 40. La última vez que la vio fue en el acto de clausura del jardín infantil: le dio un beso y salió corriendo. Por su trabajo, el hombre cada tanto tiene que subirse a un avión y mientras pueda escoge sentarse en el pasillo; así lleva años, cuenta, esperando que un día ella pase. Es un acto de fe en el destino. El día que la vea otra vez, me dice antes de despedirnos, lo sabrá porque en 23 segundos el avión entero se perfumará de un olor a champú amarillo que no irrita los ojos y a él se le quitarán las ganas de fumar cigarrillo. A lo lejos el hombre se eleva mirando a una chica muy alta que avanza buscando su asiento. Tiene pecas. Él empina la nariz como un gato, olfateando espíritus en el ambiente. Yo voy en la 17K. Ventanilla. En medio del ajetreo de unas maletas no los vuelvo a ver.

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