Las cosas por su nombre

Las cosas por su nombre

Abril 30, 2017 - 11:55 p.m. Por: Joan Camilo Bolaños

“Una pasión es una pasión”, son las palabras de Escribano en una escena de ‘El secreto de sus ojos’, película argentina ganadora del Oscar, ante la pregunta de por qué sigue yendo a la cancha a pesar de que hace 9 años Racing no sale campeón.

Eso es para mí el fútbol o, más específicamente, el Deportivo Cali. Mis primeros recuerdos están en la sede de Pance cuando tenía 4 años y estaba viendo a los jugadores de ese mítico equipo de Cheché Hernández del 99. Desde entonces, el Pascual y el Coloso de Palmaseca han sido escenario de mis alegrías, sonrisas, lágrimas y repasos del árbol genealógico a los integrantes del equipo rival. Al igual que un escritor no necesita ser detective para escribir una novela negra, a mí no me hace falta tocar un balón para quedarme sin voz cada vez que voy a la cancha.

La primera vez que estuve en un estadio de visitante fue contra el Atlético Bucaramanga. Tenía 9 años. Ese día fui con mi papá y el Glorioso ganó 1-0. Cuando hicimos el gol fui incapaz de aguantar el grito. Para mí era algo normal, no existía la sospecha de la reacción que generaría, la inocencia de un niño muchas veces no puede comprender una violencia que le es ajena. Desde ese momento nos arrojaron toda suerte de objetos contundentes y por poco nos hacen expulsar del Alfonso López. Esa fue mi primera dosis de realidad futbolera.

Poco a poco fui viendo cómo la intolerancia se apoderaba del balompié nacional. Se hicieron ‘normales’ los asesinatos asociados al color de la camiseta o a un pedazo de trapo, ¡valiente despropósito! Ahora ya no bastaba con ir a emocionarse con el partido sino que era necesario demostrar quién era el más ‘macho’ para robar una bandera. Con el paso del tiempo, estos códigos se apoderaron de este deporte. De hecho, ahora son los mismos hinchas quienes corean a algunos ‘personajes’ cuando matan a alguien para apoderarse de un pedazo de tela.

Por eso, no sorprende que una barra amenace a Cali con formar el caos por la realización del partido entre Cortuluá y Atlético Nacional. Ante estos hechos, la única respuesta posible es cumplir el deber de garantizar la seguridad de los asistentes al espectáculo, mientras que los hinchas del fútbol, por simple solidaridad, nos movilizamos en su apoyo. De esta manera, los desadaptados entenderán que el Estadio Pascual Guerrero no les pertenece.

Tristemente, en diciembre, al igual que todos los años, esto estará olvidado y saldrán ambas barras bravas a regalar 20 juguetes en algún lugar marginal de la ciudad y a hablar de su intención por hacer un “barrismo social”. Pero la verdad es que si el Estado colombiano no actúa y aplica las sanciones a las que haya lugar contra estos antisociales, empezando por quienes los financian, este será un fenómeno que lo desbordará, como otros miles más.

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