¿Uribe o Santos?

¿Uribe o Santos?

Junio 23, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

No hay tal dilema. Son de la misma línea. Creen que la improvisación y la retórica pueden llevar a puerto feliz. Ninguno ha planteado una visión diferente, incluyente y dinámica, de sociedad y de lo público. Ambos piensan que gobernar es formular iniciativas para nuevas leyes y lograr que el Congreso las apruebe como respuesta a nombramientos y adjudicaciones de contratos. Los dos tienen como criterio de evaluación las encuestas, sólo un elemento de orientación y no necesariamente el más importante. Ninguno parece tener conciencia de la magnitud de la corrupción, fruto del pésimo diseño de las instituciones, el impacto del narcotráfico y la resignación de una población sin raíces y sin orientación. Le dieron el puntillazo a la polaridad entre liberalismo y conservatismo, herida desde que la Constitución de 1991 abrió el camino a micro partidos y oficializó las empresas electorales unipersonales que hoy sostienen nuestros procesos públicos. La estrategia macroeconómica de Santos es la de Uribe en su segundo gobierno: aumentar el ingreso nacional y los recaudos fiscales mediante el aprovechamiento del subsuelo, así las consecuencias cambiarias de esta orientación sean fatales para el aparato productivo. Además ambos han sido indiferentes ante la miseria de la Costa Pacífica.Hay diferencias. La posición frente a las Farc es distinta. El predecesor concentró la orientación bélica contra ese ejército, y Santos busca negociar con ellos. En verdad, ninguno de los dos estaría dispuesto a reconocer que vivimos la guerra de la coca, cuyo desenlace aún no es claro. Ninguno ha planteado hacer más restrictivas las normas para el reconocimiento de los partidos políticos. No han pensado cómo mejorar la articulación entre lo local y lo nacional. Ambos han cultivado el unanimismo en el Congreso, orientación peligrosa porque hace escaso el necesario sentido crítico. Buscan lograr la confianza de los posibles inversionistas en el país, pero de distinta manera, y ninguno reconoce que la confianza más barata es la que se obtiene como fruto de la claridad y la eficacia. No parece que el camino de Uribe y Santos sea el más acertado para reducir las diferencias enormes de nuestra sociedad, lograr el desarrollo económico necesario, y establecer el monopolio del poder coercitivo en cabeza del Estado en Colombia. Son víctimas de la misma enfermedad: vanidad que enceguece. Uribe tiene la convicción de ser verdad revelada y Santos la ilusión de que la destreza táctica sustituye la necesidad de estrategia rigurosa. Estamos desaprovechando la oportunidad para mejorar de manera radical la gestión pública. Los áulicos de uno y otro les impedirán ver las cosas como son, y seguiremos al margen de los grandes procesos de la civilización contemporánea. Continuaremos, pues, ajenos a la construcción de conocimiento y ambiguos frente a los derechos fundamentales que legitiman las comunidades en el mundo de hoy. ¿Cabrá salvación?

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