Una paz duradera

Una paz duradera

Junio 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

El acuerdo con las Farc es necesario pero no es suficiente para lograr paz duradera. Hay que cumplir muchas condiciones adicionales. La primera es ocupar de manera efectiva el territorio. En más de un tercio de nuestra superficie administra justicia la guerrilla, y llenar ese espacio conlleva hacer efectivo el monopolio del poder coercitivo del estado, primero con tropas y luego con policía y funcionarios de la rama jurisdiccional. Además exige proveer servicios de educación y salud, e inversión en infraestructura de transporte, telecomunicaciones, acueducto y energía. En muchas partes el esfuerzo no generará beneficios económicos durante algún tiempo, pero será necesario perseverar. Además será preciso completar la ejecución del censo agropecuario y aclarar la propiedad de tierras, para distribución a campesinos y asignación a empresas con las competencias tecnológicas necesarias para impulsar un importante proceso de desarrollo económico. La estrategia debe incorporar, pues, muchos elementos. Los acuerdos deben ser generosos para que los directores de la guerrilla se motiven. Ellos parecen no saberlo, pero sus perspectivas en las urnas son escasas, excepto en algunas localidades que controlan desde hace mucho tiempo. Hay que ofrecer opciones apropiadas; pueden incluir la vida en Cuba en condiciones discretas para los jefes, e incorporación en las fuerzas armadas para la base. Aspirar a que empuñe el azadón quien ha tenido en sus manos el fusil desde la infancia puede ser iluso.No habrá paz mientras el cultivo y el procesamiento de coca sean las formas más eficaces de ganarse la vida para muchas personas. Por ello no debe sorprendernos que los capos mexicanos diseñen mecanismos para entrar a ocupar los espacios que dejen las Farc a través de otras alianzas. Ellos ya han demostrado interés en control territorial en Honduras. Si la periferia colombiana no encuentra mejor solución, habrá nuevos capítulos en la guerra de la coca, y el esfuerzo de sustraer del escenario al actor más organizado habrá sido inútil y costoso. Para mitigar este riesgo es conveniente promover el estudio del impacto de la sanción al consumo de coca en los países ricos para todos, tanto los productores como los consumidores. Sería conveniente vincular a este proceso a intelectuales norteamericanos y europeos reconocidos por el establecimiento, para que sus sociedades conozcan lo evidente: el costo institucional de la prohibición en estos rincones del tercer mundo. Es más eficiente invertir en entender por qué se utiliza cocaína, y qué se puede hacer para reducir el consumo con base en la persuasión. No se niega lo nocivo de su uso, pero el daño que la prohibición nos causa a los colombianos es mucho mayor que las consecuencias de su uso en otras latitudes, y es evidente que la guerra contra la droga ha tenido éxito. ¿Será posible que en Bogotá se valore de manera objetiva la incidencia negativa para el resto del país de los errores en políticas públicas cocinados allá por la elite que nos administra?

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