Reflexión necesaria

Mayo 16, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

Hemos vivido en guerra toda nuestra vida republicana, desde que aprovechamos, como casi toda Hispanoamérica, la invasión francesa a España y declaramos independencia para quedar subordinados a otros países. Tuvimos siete guerras civiles en el Siglo XIX, sin contar la guerra de los mil días que nos dejó en la ruina. Hubo violencia en los Santanderes en los años 30 del Siglo pasado, y después del 9 de abril de 1948 en todo el territorio, hasta que los jefes liberales y conservadores pactaron el Frente Nacional. Quedaron dolores y odios como producto de la violencia, y como residuo los bandoleros, de los cuales surgió la guerrilla. Así, en 1964 comenzó la guerra entre las instituciones y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. En los 70 comenzó la penetración del narcotráfico, que permeó al país de manera decisiva; incluso el máximo capo criollo, Pablo Escobar, fue congresista en 1982, y el temor de los narcotraficantes frente al riesgo de la extradición fue decisivo para impulsar la séptima papeleta, que desembocó en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.Desde los 80 hasta hoy vivimos la guerra de la coca, alimentada por la prohibición al consumo en los países ricos y por la falta de oportunidades para sobrevivir en la periferia de Colombia, siempre abandonada por el Estado. Cuando aparecen oportunidades para llegar a acuerdos con grupos subversivos el país, en general, reconoce que no se deben desechar sin negociar. Las contrapartes nacieron envueltas en discurso político, pero con los años su papel como eslabón en la cadena de valor del narcotráfico se robustece y la pertinencia de su retórica se desvirtúa, no por reducción de la desigualdad, sino por los cambios profundos que el mundo vive por cuenta de la revolución cibernética. La historia ya no se resume como el escenario de la lucha de clases. El futuro ya no ofrece expansión ilimitada sino, por el contrario, restricción en los consumos individuales para evitar catástrofes. La sostenibilidad hoy no consiste en asegurar el petróleo necesario para nuestro consumo: el reto es construir tejido social y conocimiento para participar en la gran odisea del Siglo XXI, en la que la especie humana se juega su supervivencia. Nuestra reflexión debe partir de revisar las instituciones y reconocer sus limitaciones frente a la tarea que enfrenta la humanidad. Por ello sorprende que intelectuales importantes inviten a respetarlas, en vez de cuestionarlas, si de ellas surge la corrupción que nos devora. Se pueden arreglar por las buenas y sin gran esfuerzo, pero hay que revisar cimientos antes de construir el edificio. ¿Será muy doloroso?

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