¿Para qué vivir?

¿Para qué vivir?

Abril 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

No hay propósito claro para nuestras vidas más allá de ser agentes en la cadena química en que somos parte. Estamos, además, sujetos a la programación genética que, con las experiencias individuales, labra nuestra vida. Tiene, pues, lógica proponernos logros moderados y disfrutar los sentimientos, pero con frecuencia nos alejamos de esos espacios para embarcarnos en ilusiones de grandeza. Creemos ser centros del universo. Tomamos en serio nuestra capacidad y nuestra dignidad, pero somos livianos en el respeto a los demás. Los colombianos, que presumimos de ser felices, no conocemos los límites del derecho ajeno. Esta circunstancia hace muy difícil llegar a acuerdos de convivencia. Como consecuencia, todos perdemos. La violencia nos marca desde la fallida independencia, y la debilidad de nuestras instituciones públicas es el mayor obstáculo en la ruta a la prosperidad.Nuestras circunstancias podrían ser punto de partida para una nueva reflexión. Deberíamos hacernos la pregunta por la vida muchas veces, y así descubrir el encanto de un propósito sin esperar reconocimiento. Sólo al entender que somos insignificantes en el plano individual, y aún en el colectivo, podremos encontrar caminos para formas de convivencia más gratas y menos peligrosas. Para llegar a un sistema social más eficaz nos toca hacer introspección comunitaria. Por consiguiente, el principal papel de quienes nos gobiernan debería ser la promoción de la reflexión ordenada alrededor de la vida cotidiana de cada uno y su papel en la sociedad. Así descubriremos que los países son sólo una circunstancia en la historia, y que las especies se agotan no sólo por nuestra acción destructiva, sino por la de otras fuerzas que nos trascienden y que eventualmente nos acabarán, como ha ocurrido con tantas otras especies durante los millones de años que lleva la vida en este mundo.Los países escandinavos y Finlandia no eran líderes del desarrollo económico y social en el Siglo XIX, pero su orden social los llevó a la cúspide en el Siglo XX. Su secreto: el respeto por los demás y el método en la conducta, elementos tal vez inducidos por la severidad del invierno septentrional. Sus habitantes no viven con delirios de grandeza individual. Esta objetividad es el cimiento para un razonable equilibrio entre la iniciativa individual, necesaria para impulsar la innovación realizadora, y la solidaridad. Les falta tal vez más espontaneidad y espacio para la desmesura, pero su propuesta de convivencia está al alcance de todos los humanos hoy. La globalización debe consistir en hacer del atraso relativo una oportunidad. Además, al fin y al cabo, el principio del respeto debe ser universal. Colombia pide un alto en el camino. ¿Qué piensan nuestros gobernantes?

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