La vida es improbable

Abril 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

La vida es improbable. Solo es posible encontrarla si el universo en el que se busca tiene ciertas propiedades especiales: diferencias entre protones y neutrones, una masa determinada para los electrones, tasas de fusión que permitan la transformación paulatina de hidrógeno en helio y eviten el agotamiento rápido de las estrellas. El universo que habitamos, uno entre una infinitud, cumple con todas las condiciones. Alberga muchos sistemas solares, pero solo unos pocos podrían contener la vida, y los demás distan mucho del nuestro. Nuestro sol solo tiene unos cinco mil millones de años. Las formas vivas complejas, y en particular los animales vertebrados, son recientes, pero han logrado desarrollo notable, pese a crisis ambientales periódicas, como la de hace 65 millones de años, cuando el polvo que levantó un meteorito oscureció la tierra unas semanas, la superficie se enfrió y se extinguieron los dinosaurios. La humanidad comparte antepasados comunes recientes con el chimpancé. La separación solo ocurrió hace unos siete millones de años. Desde entonces nuestro conjunto de especies, los hominones, ha poblado la tierra con impacto sin precedentes. Su cerebro y sus extremidades han prohijado el desarrollo de herramientas y permitido el control del fuego. La especie humana actual, única que sobrevivió tras exterminar a otras con las que alcanzó a cruzarse, como el hombre de Neanderthal, arrasó con bosques desde hace diez mil años para cultivar la tierra. La agricultura permitió construir sistemas sociales urbanos e instituciones públicas. En ese punto, en el neolítico, se agravó el impacto nocivo sobre el ambiente. La población del mundo aumentó desde entonces en forma pausada a lo largo de los siglos. Incluso hubo reducciones masivas puntuales como consecuencia de plagas. En los últimos doscientos años nuestra especie creció en forma peligrosa, apoyada en el uso de combustibles fósiles. La población se cuadruplicó en los últimos cien años, y es posible que crezca hasta estabilizarse en nueve o diez mil millones en los próximos cincuenta años. Nuestro impacto sobre el ambiente es negativo, pero el avance del conocimiento permite una luz de esperanza. Para evitar el colapso de lo acumulado en toda la historia es urgente establecer mejores instituciones públicas en todo el planeta. Se requiere autoridad global en asuntos relacionados con el cambio climático, restricción efectiva a las armas de destrucción total, aumentos drásticos de productividad, y justicia racional y eficaz, libre de dogmas religiosos. Mientras tanto, en Colombia repetimos como loros el dogma de la separación de poderes heredado de Estados Unidos, cuando en los demás países desarrollados de Occidente los representantes del pueblo tienen responsabilidades efectivas, con sistemas políticos diferentes, sin régimen presidencial. No estamos involucrados en la batalla por la sostenibilidad, ni estamos convencidos de que podemos erradicar la pobreza. ¿Para qué estaremos en el mundo?

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