La desigualdad

Octubre 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

La desigualdad es, con el riesgo ambiental y las armas de destrucción total, uno de los tres problemas que desbordan fronteras y retan a la especie humana en este siglo. El problema es serio: el capital requiere rendimientos superiores al crecimiento normal del producto interno bruto como remuneración por los riesgos que asume, y ello inhibe el aumento en la remuneración al trabajo formal y el aumento del empleo formal. Así, en Estados Unidos la economía se ha recuperado en el agregado tras la crisis financiera de finales de la década anterior, pero los salarios no han aumentado. En casi toda Latinoamérica hay informalidad elevada. En Colombia el problema tiene tintes especiales, pues la distribución del ingreso es muy mala, y la inversión pública para mitigarla no es eficaz.El gobierno del presidente Santos acertó al considerar la reducción de la desigualdad objetivo central de su gestión hace cinco años, pero las herramientas no son apropiadas. Ni el programa de Familias en Acción, establecido bajo Pastrana e impulsado por Uribe y Santos, ni las viviendas gratuitas atienden bien el objetivo de reducir la desigualdad en el largo plazo. De mayor potencial es el programa para que la educación pública comience en el primer año de vida, pero su desarrollo es todavía incipiente; este programa merece toda la atención, porque el grueso del desarrollo intelectual y emocional se produce en los primeros cinco años.El mayor obstáculo para reducir la desigualdad a través de políticas públicas es la mala calidad del gasto estatal. Los líderes politiqueros de nuestra patria no entienden que su proceder, al poner recursos al servicio de sus intereses clientelistas, hace imposible avanzar, porque el dinero no se usa según dictados de priorización racional. Por el contrario, viola el principio de transparencia, esencial en la democracia moderna, y asigna lo público a la construcción de bases electorales personales. Todo esto es consecuencia del pésimo diseño del Estado en Colombia, y de nuestra pobreza ética frente a lo público. Entre tanto, el aparato productivo, posible fuente de empleo y progreso, languidece porque la carga tributaria socava su competitividad: otros países exportadores de productos primarios también han sufrido devaluación, de manera que la variación de la tasa de cambio por la caída de los precios del petróleo ha encarecido lo importado pero no ha resuelto los problemas de la industria nacional. La productividad nacional es muy baja comparada con la de otros países de Latinoamérica, y la infraestructura está rezagada. Se necesita ajustar las instituciones para que no sean carga sino oportunidad. ¿Será difícil reconocerlo?

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