El mundo del futuro

El mundo del futuro

Diciembre 15, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

Somos la especie condenada por su propio designio. Cada día es más grave el riesgo de colapso de nuestro entorno, fruto de iniciativas sin restricciones. Lo más probable, según las apreciaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático promovido por las Naciones Unidas, es que en unos 30 años debamos pagar el precio de la desmesura. Somos la especie capaz de construir soluciones sostenibles mediante procesos de alta productividad. La tarea es materializar esa posibilidad. En distintas latitudes se tiene mayor o menor conciencia colectiva de esta tarea. Así, Japón, Taiwán, Corea del Sur y China se sumaron, en ese orden, al nuevo mundo de la tecnología electrónica, cibernética, informática y robótica, y han tenido elevadas tasas de crecimiento como recompensa. EE.UU. se ha orientado a construir conocimiento e innovar, para lo cual ha acogido talento extranjero; mucho viene del tercer mundo. En contraste, Latinoamérica ha jugado un papel muy secundario, y Colombia casi no tiene partícipes en este proceso de transformación.Para buscar acuerdo sobre formas prácticas de enderezar los pasos de la humanidad es preciso revisar a quién le corresponde la tarea de aumentar la productividad y reducir el impacto ambiental de la producción y el consumo. La respuesta, como en otros casos, es preocupante: a todos y a nadie. No existe una autoridad con facultades para impulsar la solución global al cambio climático, al peligro que representan las armas de destrucción total y a la pobreza extrema. Mientras estos problemas no se ataquen en forma contundente, nadie debería dormir con tranquilidad. El reto rebasa fronteras; requiere acción local pero con sujeción a coordinación planetaria. La humanidad deberá aprender a ponerse de acuerdo para evitar hundirse. El primer paso es el más difícil: oírnos. Luego vendrán deliberaciones y se formularán propuestas de solución, al principio en el ámbito local y nacional, pero la complejidad rebasará linderos, obligará a integraciones regionales y algún día impulsará a revisar la institucionalidad mundial para buscar soluciones integrales. Mientras el mundo se prepara, cabe una mirada objetiva a nuestra patria, que ha tenido múltiples oportunidades de organizarse, y siempre ha evitado las soluciones efectivas. Su desorden institucional debe motivar la revisión de cómo se administra lo público, cómo se forma el legislador y cómo se ejecuta su tarea, cómo se juzga, quiénes lo hacen y con qué herramientas, cuál es el papel de los partidos políticos y cómo controlar los procesos públicos para asegurar que busquen el interés general. La discusión en La Habana con el actor más ordenado entre los enemigos en la guerra de la coca debe servir para autocrítica. No podemos engañarnos: tenemos una sociedad inequitativa, violenta y escasa en producción de conocimiento. Hay que cambiar para participar con dignidad en la gran batalla de la supervivencia global. ¿Llegaremos a tiempo?

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