El gabinete y el país

El gabinete y el país

Mayo 09, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

Existe el consenso de que la renovación de gabinete es una forma de ajustar la relación entre el gobierno y los gobernados. En el caso de Colombia, eso no ocurre porque la cultura de la gestión pública no se ciñe a las reglas básicas de trabajo de equipo. Ahora la Ministra del Trabajo declara ser de oposición, y concilia el nombramiento con su filiación mediante alusión mágica a la negociación con las Farc en La Habana. Preocupa que no haya línea clara para la ejecución de las tareas requeridas.El país enfrenta problemas serios en materia laboral: la informalidad sigue siendo la condición laboral de la mitad de la población que trabaja, proporción muy alta hasta para los estándares de Latinoamérica, y que hace insostenible el servicio de salud y genera incertidumbre sobre la fuente de ingreso en la vejez de esa población informal; la productividad de Colombia, medida como valor agregado por hora trabajada, es la sexta parte del indicador en Estados Unidos, y menos de la mitad de Chile; la dificultad para producir conocimiento que nos dé ventajas parece insalvable; el clima laboral de muchas empresas es deficiente, en parte por esquemas contractuales sobre la base del empleo temporal a perpetuidad; el empleo formal en la periferia es prácticamente inexistente, y en sitios como Buenaventura se limita en gran proporción al empleo oficial. La culpa no es del presidente Santos ni de su gobierno. El desorden y la improvisación rigen la cultura de la administración pública nacional desde hace muchos años y cobijan a muchos gobiernos. Cada ministerio se limita a lo que le corresponde en forma individual, a pesar de que los proyectos para hacer cambios importantes requieren trabajo en equipo. Nuestro sistema político hasta 1991 era tecnocrático, pero el único presidente desde 1968 con el perfil apropiado para el esquema fue quien lo inventó en ese entonces, Carlos Lleras. El sistema que lo reemplazó desde la Asamblea Constituyente de 1991 es incongruente: promueve que cada actor empuje para su lado. La armonía programática se pierde en la negociación de contraprestaciones con los legisladores. El clientelismo, la politiquería y la corrupción campean. El uribismo no puede aducir que en los ocho años de gestión de su ídolo la cosa haya sido diferente, y hoy la oposición del Centro Democrático está dedicada a imaginar que en La Habana se entregará el país al comunismo bajo las narices del Departamento de Estado de los EEUU. Vienen dos años de estancamiento económico por la contracción fiscal del petróleo que se compensará con impuestos, los que repercutirán a su vez en menos consumo e inversión. ¿No será que debemos revisar el sistema político?Sigue en Facebook Gustavo Moreno

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