¿Cómo cambiar al país?

Noviembre 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

Hay en Colombia serios problemas que impiden crecimiento más rápido y distribución más equitativa del ingreso. El más grave es de actitud: para muchos colombianos no hay límites a la conducta con tal de conseguir billete. Otro lío serio es la baja productividad del sector público, que tiene años de arraigo pero es más compleja ahora, porque el Estado tiene un mayor peso relativo en la sociedad y en la economía. Un asunto con graves consecuencias en el mundo globalizado es la falta de compromisos de largo plazo, reflejados en políticas que trasciendan al gobernante de turno; cada vez que cambia el artista hay nuevas estrategias, todo para que no cambie nada en realidad. Llevamos medio siglo en pugna contra la guerrilla, hoy vinculada a negocios ilícitos, y no hay planes claros de acción para ejercer en forma constructiva el monopolio del poder coercitivo del estado en más de doscientos municipios. Además, nuestra constitución está diseñada para estimular la corrupción. No debemos resignarnos. Las circunstancias de la economía mundial y el sentido práctico de los colombianos nos permitirían superar los lastres si nos lo proponemos. Lo primero es practicar el control ciudadano sobre lo público. Quienes aspiren a participar en el poder deben divulgar su situación patrimonial, los contratos que se van a celebrar deben someterse al escrutinio, se debe suprimir el uso del efectivo en transacciones importantes y se debe levantar la reserva sobre el gasto militar cuando hayan transcurrido algunos años. Todos somos contratantes de los servidores públicos y debemos asumir la tarea de vigilarlos. No podemos esperar santidad de nuestros gobernantes, pero sí podemos cuidar el patrimonio público. Un segundo paso es exigir el respeto como norma de conducta. Así, las empresas de servicios públicos y los bancos deben evitar las colas de usuarios, promover mecanismos eficientes para los reclamos, y atenderlos con sentido de solidaridad por el perjudicado. Tenemos que aprender a ver al mundo desde la perspectiva del Otro, tarea difícil porque nos educamos para verlo solo desde la nuestra. El problema más serio es la pésima institucionalidad pública, que requiere revisión a fondo. No solo se necesita una Constitución sencilla y eficaz, que contraste con la farragosa que hoy nos asfixia: es preciso reeducar a los servidores públicos e impartir criterios apropiados para actuar con acierto.El futuro de la patria está en nuestras manos. En esta época de expectativas electorales debemos apreciar que las dificultades exigen ir más allá de escoger bien. Es preciso buscar líderes comprometidos con el cambio, y abrirles el espacio. ¿Sabremos encontrarlos?

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