Votar

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Mayo 27, 2018 - 06:40 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Juan tiene veinte años. Nunca ha votado. Se estrena en estas presidenciales. Ha pensado mucho con quién perderá su virginidad electoral. Va para las urnas con demasiadas imágenes en la cabeza.

La semana pasada bajó temprano y en la recepción del edificio se encontró con Rubén, el vigilante, un tipo sencillo con el que siempre se puede hablar de fútbol. Por aquello de que “la voz de Dios es la voz del pueblo”, le preguntó por quién iba a votar. “¡Por Petro!”, le contestó. “Él va a sacudir el país de arriba abajo y no va a dejar títere con cabeza”. Juan solo recuerda que Petro, en efecto, puso patas arriba a Bogotá cuando fue alcalde.

Escuchó en las noticias a De la Calle comentando que la gente solía decirle que era un excelente prospecto, pero que, como iba de último en las encuestas, pues votarían por un candidato con más opción. En un lado de la balanza un hombre honesto, preparado y gestor del acuerdo de paz con la guerrilla; en el otro, las encuestas. Si las encuestas tienen el poder de bajar y subir presidentes, pues que el sistema electoral se licite y se le encargue a una firma encuestadora, alcanza a pensar Juan.

Juan estuvo repasando unos cuadernillos de Vargas, repletos de propuestas que le parecieron aterrizadas. Un trabajo serio que debió haber sido diseñado por alguien con amplia experiencia en gerencia pública. Pero las redes sociales muestran otro personaje: un tipo entre huraño y tosco que no sabe agradar, y que termina frunciendo el ceño para explicar de mala gana por qué lo rodean tantos políticos ‘tradicionales’. De corrupción no le han encontrado mancha al dueño de Mancho, pero no se sabe reír y habla ‘aporriadito’.

Fajardo sintoniza muy bien con la mayoría de los amigos de Juan. Ellos suelen asegurar que está libre de compromisos con los hampones que zumban alrededor de los partidos políticos. Fajardo es un apellido que nunca combinan con palabras como ‘mermelada’, cartel o peculado. El candidato-profesor trata de no calentarse mucho cuando le dicen ‘tibio’ y Juan no entiende si las apreciaciones metafóricas sobre la temperatura debieran pesar tanto a la hora de elegir por quién votar.

No tiene queja sobre Duque. Parece ser una excelente persona, siempre en buena disposición para contestar lo que se le pregunta y nunca le ha leído un trino destemplado o lo ha oído diciendo barbaridades. Hasta canta entonado. Pero a Juan poco le simpatiza Uribe, líder del partido de Duque, ni nadie que desestime la medida de las cosas. El poder, cree Juan, tiene muchos límites, uno de ellos de carácter temporal: mandar para siempre es mandar una señal equivocada.

Petro hará la revolución que nos lleve a ser la nueva (y desastrosa) Venezuela. De la Calle no tendrá manera de poner en su sitio a los otrora guerrilleros, porque como negociador les dio garantías exageradas. Fajardo no podrá escapar al escenario de aguas movedizas sobre el que construyó una opción de centro que no es ni chicha ni limoná. Vargas se la pasará cuatro años pagándoles favores a los políticos que lo llevaron al poder. Duque se dejará manipular por Uribe y terminará destazando el proceso de paz, ya de por sí maltrecho.

De todo eso le han llenado la cabeza a Juan. La tiene a punto de estallar. Llega la hora de votar y Juan no se ha decidido. Espera que una voz interior, infalible y sensata, le diga qué camino debe tomar. Votará sin saber por quién está votando. En eso Juan, a pesar de sus veinte abriles, es el colombiano de toda la vida.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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