Sangría

Julio 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

El terrorismo es violencia. Una violencia que pretende cubrirse con el ropaje sofisticado de las ideas políticas o de las creencias religiosas. Aterrar al prójimo (o asesinarlo) con la idea de hacer de este un mundo mejor, es parte de lo que ha sido la humanidad desde el día cero. La nuestra es una especie de pequeños dioses, de discretos tiranos que habitan en el corazón de cada persona.Como bestias parlantes que somos, y en ejercicio de las crueles reglas de la naturaleza, exhibimos nuestro instinto de supervivencia. Y aun cuando nos preocupe el futuro de la manada, tenemos muy claro que el bienestar común es válido (sobre todo) cuando obedece a las intenciones del individuo, sea el más fuerte, el más poderoso o el físicamente mejor dotado.El llamado Estado Islámico, por ejemplo, recurre al terrorismo, a las detonaciones, a las decapitaciones y a la tortura para que acatemos a su dios y se desconozcan fronteras artificiales que nunca debieron existir. Sus ecuánimes líderes ordenan asesinar a las personas para generar prosperidad y equidad. La sangre como un vehículo de la felicidad.Lo ha hecho la guerrilla por cinco décadas: muerte, secuestro, robo, extorsión y narcotráfico, todo combinado como manera expedita de favorecer la entronización de un sistema de gobierno más justo para los colombianos. Actividad que ha dado pie, nadie lo niega, a terribles excesos de parte de la Fuerza Pública y a fenómenos salidos de madre como el del repugnante paramilitarismo, una especie de cáncer para combatir al cáncer.Desde su óptica, el terrorista nunca lo es. Suele presentarse como un heraldo del nuevo orden o un sacrificado líder al servicio de las disposiciones de una deidad. Los dioses de los terroristas no les piden acabar con sus semejantes, pero ellos, entre líneas, descubren en los textos y tradiciones religiosas una patente de corso para sembrar el caos.De la misma manera en que solo una diminuta minoría le ha pedido a la guerrilla que desmonte el sistema democrático en Colombia. Pero a diario nuestros hombres y mujeres de botas pantaneras destilan de la realidad mensajes en los que supuestamente les solicitamos que sean nuestros salvadores, al costo que sea.No hay medida para el terrorista, que responde al impulso de que todo está justificado en aras del resultado. Un ajusticiamiento o quinientos son lo mismo porque, además, las leyes y los códigos no aplican para ellos. Su violencia es el ejercicio de sus propias normas. Matar es sancionar. Narcotraficar y secuestrar es financiar. Disparar es pronunciarse. Amenazar es deliberar.No hay víctimas: somos apenas escalones para ellos en el camino hacia la victoria y la transformación. Nuestras vidas y tranquilidad son el precio que obligatoriamente pagamos para que estos matones nos protejan de nosotros mismos.La conversión del terrorista no es sencilla. Pero se facilita en la medida en que el consumo de sangre haya sido menos significativo. No es fácil convencer a Drácula de que es más sano beber jugo de remolacha. Pero si la víctima se postra y le ofrece recursos, medios, garantías, protección y hasta la Constitución como mantel, se sentará a la mesa y hará el esfuerzo de llegar con las manos bien lavadas, sin sangre entre las garras.Drácula puede privarse de la sangre, pero nunca se privará de ser Drácula.***Ultimátum. Entre el final de la temporada de Game of Thrones y el comienzo de la próxima de The Walking Dead me siento como Drácula en abstinencia. De plaquetas está hecha la televisión que más nos gusta.Sigue en Twitter @guzgomez1701

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