Periodismo y política

Periodismo y política

Junio 11, 2017 - 06:50 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Daniel Samper Pizano, uno de los mejores periodistas de este país, le regaló a Semana una frase que da para plantear un par de ideas sobre los medios: “Ya pasaron los tiempos en que los periódicos y la radio elegían presidentes”.

Para muchos colegas, aunque no se atrevan a reconocerlo en público, el trasfondo de las palabras de Daniel es decepcionante. Y lo es porque hay quienes confunden las posibilidades de servir que los medios ofrecen con el manejo del poder y la representación de intereses particulares, no pocas veces electorales.

La confusión tiene raíces históricas: el comienzo de nuestro periodismo está ligado con la política, como bien sabe Jorge Orlando Melo, que le ha hecho juicioso seguimiento al asunto. Ejemplos, sobran:
Jorge Tadeo Lozano (federalista) saltó de la prensa en pañales a la presidencia de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Y en pocos meses se cayó del cargo por obra y gracia de Antonio Nariño (centralista) y la fuerza de su periódico, La Bagatela. Lozano, cosa curiosa, había heredado de su padre el título de vizconde de Pastrana, apellido muy sonoro en terrenos del politiperiodismo.

Bolívar y Santander entendieron las ventajas proselitistas de un escrito debidamente reproducido, y no fueron los únicos. Al poder llegaron, fundando o aprovechando medios, Salvador Camacho, Manuel Murillo, Santiago Pérez, Miguel Antonio Caro, Rafael Núñez, Carlos Restrepo, Enrique Olaya, Mariano Ospina, Eduardo Santos, Alberto Lleras, Carlos Lleras, Laureano Gómez, Alfonso López, Andrés Pastrana, Belisario Betancur, Julio César Turbay y César Gaviria, entre otros. Y de El Tiempo nos vino, para no escarbar más en el pasado, Juan Manuel Santos.

“Periodista y político” suena rimbombante en cualquier biografía, pero el binomio esconde una gran tragedia: termina primando la política sobre el periodismo. Valga decir que hemos tenido expresidentes con tarjeta profesional de periodistas, más o menos por la misma época en que a cada barón electoral se le entregaba un noticiero de la televisión pública.

A los periodistas les gusta influir, cierto. Lo cual no tiene nada de malo, siempre y cuando el asunto sea entendido como la posibilidad de prestar un servicio a la comunidad. Servicio que a veces se confunde, de manera prejuiciosa, con “mandado”.

El periodismo y los medios son, en ese sentido, víctimas del mundo de las redes, pero también la gente de a pie, pues, como dice Daniel, “la mentira corre más rápido, la violencia verbal se exacerba y las calumnias se imponen con más fuerza”.

Que pasaran ya los tiempos en que los periódicos y la radio elegían presidentes es, sobre todo, reconfortante. Al menos desde la perspectiva de que la política se aproveche de la penetración que ofrecen los medios.

Medios que no deben ejercer la dictadura de la información. En palabras de Melo: “La opinión solo se forma en un ambiente en el que la información sea amplia, abierta y exacta; fluya y se encuentre con facilidad, y en el que esa información, veraz, verificable y controlable, alimente un debate sin restricciones sobre los temas públicos”.

Lamentable que, gracias a la ligereza de las redes, la gente termine dando por cierto que cada información, postura u opinión de un periodista corresponde a un interés secreto, a connivencias con los políticos o a indebidas retribuciones económicas. Eso, con el perdón de don Antonio Nariño, no es una bagatela.

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Ultimátum. Carlos Palacino, expresidente de Saludcoop, reclama al Estado $32 mil millones como indemnización por daños morales. Entran risas.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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