¿Palabra de Dios?

Marzo 27, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Twitter no es palabra de Dios. Como no lo es ninguna red social. Sabido es que todas son susceptibles de manipulación para fines comerciales, ideológicos o políticos. Redes sociales que nos han convertido en seres asociales, y en las que, con nombre propio o bajo anonimato, revelamos nuestro lado oscuro. Cuando la Corte Constitucional advierte que por medio de Facebook no se pueden cobrar deudas en detrimento del buen nombre ajeno, lo que está diciendo es que las redes no son la manifestación de una especie de ‘otro yo’ inimputable. No. Son extensiones de uno mismo y en ellas, como en otros escenarios de la vida cotidiana, estamos obligados a responder frente a la ética y a la ley por lo que decimos.Las Farc no son palabra de Dios. Ya sea que se compare su obrar con los preceptos de cualquier religión o con los conceptos fundamentales del derecho natural, el balance de sus cinco décadas de ‘labores’ es igual: han asesinado, secuestrado, extorsionado, robado, traficado y delinquido sin haber generado nada diferente a acentuar la tragedia de una nación. Que negociar es saber ceder, no está en discusión; que negociar termine traduciéndose en que solo ceda una de las partes, no traerá nada diferente a una paz endeble. Un gobierno frágil, que se muestra complaciente con quienes están al margen de la ley y que confunde la proyección ejecutiva de los uniformados con el debilitamiento de la fuerza pública, es un gobierno que nos condena a agachar la cabeza para entrar por el lado estrecho del embudo. El esfuerzo de paz de Juan Manuel Santos es válido; ojalá prospere. Pero para disfrutar de un lindo jardín hay que tener eso que llaman “buena mano”. O el jardín se convierte matorral. Y ya sabemos quiénes operan a sus anchas en los matorrales.Los medios de comunicación no son palabra de Dios. El descontento que el público exhibe frente a los medios no solo poco tiene de novedad, sino que es muy sano. Lo primero: es de toda la vida, solo que brilla más ahora que internet ofrece amplias (y respetables) posibilidades de expresión. Lo segundo: la crítica y el cuestionamiento bien nos hacen a los periodistas, así como a los medios y a quienes en ellos contribuyen en calidad de generadores de opinión. El periodista, aunque movido por el loable deseo de buscar la verdad, no está exento de imprecisiones, veleidades personales, presiones y, en casos decepcionantes, corrupción. El día en que un periodista crea que algo (sobre todo su propio rollo) es palabra de Dios, ha bajado la guardia: en este oficio siempre hay que dudar.No todo el que pregona la palabra de Dios la aplica. Fanáticos islámicos, sacerdotes pederastas y pastores millonarios son apenas tres caras de una misma decepción, que no hace sino alejar a la gente de la práctica de la fe. Se dirá que en todo rebaño hay ovejas descarriadas para disculpar episodios repugnantes. Cierto. Pero el gran problema de las estructuras religiosas es otro: que han demostrado un alto grado de permisividad y encubrimiento, al punto de sugerir veladamente que quienes pregonan la palabra de Dios están blindados frente a la ley. No hay tal. El camino que tienen que tomar las organizaciones de fe para evitar la pérdida de feligreses es mostrar que sus líderes cumplen la ley de Dios, pero también la de los hombres. La Constitución y los códigos, a diferencia de la religión, no son opcionales.Ultimátum: Reconozco que también prefiero a ‘Timochenko’ viendo jugar béisbol que jugando con la vida de inocentes.

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