Nos hacen pistola

Julio 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Sólo los bárbaros ordenan un plan pistola desde el lugar en que construyen la paz. A la guerrilla, untada hasta el cuello con el dinero de la droga, anunciar esta política de exterminio (tan propia del narco) le sienta bien y no hace sino resaltar una de sus aterradoras características: el vicio de la muerte. En el tiempo que les quede libre en Cuba, los negociadores de las Farc deberían darse un gusto capitalista: Scandal. Los animará ver la podredumbre del establecimiento en esta serie, pero, más allá de eso, se identificarán con Huck, el personaje que interpreta Guillermo Díaz, gringo hijo de cubanos. Huck sufre una extraña patología: disfruta matando. La única diferencia con los mentados negociadores es que él no disimula con discursos políticos trasnochados el placer que le produce la muerte. No: él es un asesino serio. Más tristeza que rabia produce oír a alias “Matías Aldecoa”, posando de estadista, mientras revela a Bloomberg que veremos morir a muchos soldados y policías, que nos van a asar a todos al fuego lento de sus resentimientos, que les resbala la ley, que van a acosar como nunca a la empresa privada y que la paz está lejos. Las Farc amenazan y el Eln suele animarse, por su cuenta, a participar en el doloroso circo.Lo que prometió “Aldecoa” comenzó a cumplirse un puñado de horas después, con el asesinato del subteniente Jorge Eliécer Alzate Patiño y del patrullero Óscar Iván Córdoba Ramírez, en el Huila. Lo hicieron pasadas unas horas de haber disparado al policía Deifan Angarita García, mientras se cortaba el pelo, y cuando todavía teníamos en mente el salvajismo con que dieron muerte al coronel Alfredo Ruiz Clavijo, cuyo corajudo hijo trabaja a seis pasos de mi escritorio en Caracol Radio, y al patrullero Juan David Marmolejo. Los cito con nombre y apellidos, porque mientras para la guerrilla son objetivos sin rostro, para mí son personas. Personas asesinadas por sujetos que se amparan en teorías baratas para sembrar el terror. Según ellos, su violencia no existe. Lo que hay son matices sesgados, producto del monopolio de los medios de comunicación. Hasta la agencia Bloomberg participa en el complot, sostiene “Aldecoa”, de cuya costumbre de tomar lo ajeno no se salvó ni León de Greiff. Como diría un célebre experto en evadir las normas del estado de derecho: son percepciones.A estas alturas de los diálogos, cuando deberíamos ver luz y no bruma, queremos la paz pero nos trasnocha pensar cómo será la vida en sociedad con estos seres escasos de corazón. Y algo más: ¿cabremos en el país que piensan venir a construir con las herramientas legales que hasta ahora han despreciado? ¿Habrá espacio para nosotros en la Colombia que se sueñan? “Nosotros”, aclaro, somos la clase media, los empresarios, los periodistas, los propietarios, los profesionales, los campesinos, los ahorradores, las víctimas que lloran a sus muertos, los hombres y mujeres de fe, los estudiantes que no tragan entero, los poetas, los servidores públicos, los banqueros, los deportistas, los indígenas, los industriales, los oficinistas, los taxistas, las amas de casa, los académicos… nosotros somos todos. Menos ellos. Ultimátum: la izquierda y sus políticos enmudecen frente a la carnicería humana y ambiental de la guerrilla, dejando el monopolio del asombro reservado para el centro, la derecha y los “ateos” políticos. La paz es un bebé que no necesita de tanto silencio. Hay que arrullarlo con las voces de todos.

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