Miopía

Enero 17, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Si tiene pensado vivir en la capital, acépteme un consejo: no se tome muy en serio las frases rimbombantes que en Bogotá se dan por ciertas. Hace unos días pude comprobar, por ejemplo, que aquello de que el Llano es la “despensa de Colombia” se predica, pero no se acata. Como en avión no se puede ir a Villavicencio (el pasaje vale un ojo de la cara), se sale de Bogotá por carretera, atravesando un magnífico túnel. En un país serio, los cerca de noventa kilómetros que separan este túnel de otro que se abre antes de llegar a la capital del Meta, no tomarían más de dos horas. Levante la mano quien pueda decir que hizo Bogotá-Villavicencio en menos de cinco.Por la vía circulan diariamente dos mil carrotanques que llevan el petróleo a las refinerías, y en todo el trayecto hay solo diez kilómetros en que un vehículo puede adelantar sin correr riesgos. Hace unos meses inauguraron seis kilómetros de doble calzada. Tiraron voladores y hubo fiesta. Seis kilómetros que en otras latitudes tendrían más de vergüenza que de dicha.Una vez en Villavicencio, si se toma la ruta hacia el Oriente, debe superarse el embudo de tráfico del puente sobre el río Ocoa. Martirio vial que inaugura un camino que abre las puertas de prácticamente la mitad del territorio colombiano. Aproveche las rectas hacia Puerto López para adelantar, pero no se emocione mucho: hay que pagar cincuenta mil pesos de peaje para llegar a la altillanura (aparte de lo que ha gastado desde Bogotá). Con lo que aquí se invierte en recorrer doscientos kilómetros, se va de costa a costa en los Estados Unidos.Cruza uno Puerto López y comienza la gente a hablar de Bioenergy. ¿De qué se trata? Es un proyecto en que se metió Ecopetrol dizque para sembrar caña (16 mil hectáreas) y producir etanol. Los resultados, dudosos: 400 millones de dólares en sobrecostos y el etanol no se ve por parte alguna. Ahora que se desploma el precio del petróleo, y que el panorama es de crisis, los accionistas deberían pedirle cuentas a la empresa por este elefante blanco.Las siembras de caña, así como de maderables y caucho, han transformado la cara del Llano. Actividades económicas que son respetables y bienvenidas, pero que en numerosas ocasiones se adelantan en abierto irrespeto al ecosistema. Para sembrar, arrasan las matas de monte, que son parches de vegetación con muchos árboles, importantes niveles freáticos y hogar de fauna. Un crimen.Todo ello, por fortuna, contrasta con la actividad de un grupo de particulares que han convertido sus tierras en reservas naturales y que, de la mano de Cormacarena, se han dado a la tarea de liberar en esos predios ocelotes, babillas, güios y otras especies que ayudan a repoblar los espacios naturales. Trabajan con las uñas y con más bien pocos beneficios legales (que deberían ser generosos en atención a la noble actividad que adelantan).El Llano no es solo despensa, sino atractivo turístico. Pero Bogotá le da la espalda. Esta columna es apenas una enumeración de experiencias de turista, con lunares que podrían corregirse con decisión y empeño. Los verdaderos problemas son de mayor calado. El Llano es el paraíso. El paraíso a noventa kilómetros de Bogotá. Noventa que a veces parecen miles, gracias a un Estado con deprimente miopía.Ultimátum: “No tengo con qué pagarte lo que estás haciendo por mí y mis hijos”, le dijo el Chapo Guzmán a Kate del Castillo. Si tiene: la fortuna de Guzmán supera los mil millones de dólares.

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