Masacre

Abril 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Desconfío del rumbo que ha tomado el proceso de paz. Lo he dicho públicamente en muchos escenarios, incluso en esta columna. No se trata de una posición política, porque tengo por los políticos el mismo respeto que guarda Nicolás Maduro por la democracia. La génesis de mi desconfianza frente a lo que sucede en Cuba se inscribe en un hecho concreto: no confío en asesinos, narcotraficantes, ladrones y secuestradores. No creo en quienes deciden que el cambio social debe hacerse saltando entre charcos de sangre. Y por eso, porque la guerrilla se convirtió hace décadas en semillero del hampa, en cartel, en mafia, es que pienso, como otros colombianos, que existe una inmensa posibilidad de que este proceso no llegue a puerto seguro. Si eso sucede, no tengo intenciones de lapidar al presidente Santos, quien, a pesar de sus falencias, es un optimista más en la lista de los que sueñan con una guerrilla firmando la paz y acogiéndose a la legalidad. Digo todo esto porque el asesinato de los soldados en el Cauca no puede pasar de agache, y tiene que ponernos a todos a pensar si, además de la gente de bien, la guerrilla estará dispuesta a pagar el precio de la paz.Ese precio arranca con un concepto que no admite excepciones: responder. Y no se responde proponiendo asambleas constituyentes sobre arenas movedizas. Se responde poniendo la cara frente a la justicia, que es transicional y no transaccional; se responde reparando a las víctimas con confesiones, como herramienta de restitución emocional, y con entrega de dineros al Estado, a manera de compensación económica. Dineros que, de no ser declarados, terminarían siendo, como dice Alejandro Ordóñez, parte de una colosal operación de lavado de activos.No se trata de firmar por firmar. Estamos frente a guerrilleros que estamparían la rúbrica para encontrarse con un país dividido entre quienes los aceptan en su precaria calidad de desmovilizados (con apetitos políticos) y los que no los imaginan en un lugar diferente a la celda. Los ojos que se cierren hoy a los crímenes de la subversión, únicamente por la esperanza de la paz, terminarán abriéndose en unos años, solo para demostrarnos que es endeble aquel proceso amparado en la impunidad.El presidente ha dicho que no habrá firma sin que la guerrilla acepte algún tipo de exposición a la justicia. Lo ha repetido tantas veces como los negociadores de las Farc han manifestado que no tienen intenciones de purgar un solo día de detención. El motivo: lo que la sociedad califica de crímenes, ellos lo catalogan como actos revolucionarios. La verdadera revolución consiste en tener una justicia sólida y obedecerla. Y en acatar el sistema democrático que la mayoría de los colombianos, a pesar de sus defectos, apoya. Las otras revoluciones tienen mucho más que ver con el código penal que con las ideas.Al suspender los bombardeos “nos quitaron el apoyo”, dijo el soldado Hoyos, que sobrevivió a la masacre del Cauca. “Los bombardeos son nuestra mano derecha, porque sin ellos los bandidos cogen pie de fuerza”, aseguró. Dicho de otra manera, presidente: si usted se queda sin la mano derecha, puede quedarle únicamente el respaldo de la izquierda. Ultimátum: Le creo al gobierno cuando dice que fueron las condiciones climáticas las que impidieron el apoyo aéreo a los soldados asesinados cobardemente. Y es que el día que la Fuerza Aérea Colombiana desampare a los soldados para no incomodar a los negociadores de las Farc, habrá que cerrar el país e irnos todos a vivir a la Luna.

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