Las tales filtraciones

Las tales filtraciones

Febrero 23, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Sobre la manera en que llegaron a Semana las grabaciones de corrupción militar se ha dicho de todo: que las filtró un enemigo del Ejército, que obedecen a una guerra de agencias extranjeras en Colombia, que todo es obra de fuerzas oscuras, que la revista paga a informantes en los organismos del Estado e, incluso, la bobería de que alguien en la publicación tiene aparatos de interceptación. La verdad es que para saber de dónde salieron esos registros basta hacer algo muy sencillo: leer Semana.El artículo central lo dice de entrada: “Semana obtuvo cientos de horas de grabación que reposan en la Comisión de Acusaciones del Congreso (sic)”. Tal cual. Pero nadie cree que un organismo inútil pueda ser parte activa en un episodio que terminó costándoles el puesto a doce generales. La clave fue precisamente que la Comisión de Acusación de la Cámara es célebre por su inoperancia y opacidad (hasta Constantino Rodríguez, que era su despistado presidente cuando allí llegaron los registros, le dijo a Kien y Ke que no sabía de su existencia).Todo empieza en octubre de 2013, cuando Noticias Uno revela unas penosas grabaciones en las que Henry Villarraga, magistrado del Consejo Superior de la Judicatura, conversa con el coronel Róbinson González del Río, en cuya lengua saltan 400 millones de pesos. Hablan de la posibilidad de que el caso de González (acusado de asesinar a dos campesinos) pase de la Justicia ordinaria a la penal militar. El origen de las grabaciones es transparente: interceptaciones legales de la Fiscalía al teléfono del oficial.El escándalo dura unos pocos días y revela a un Villarraga que, airado, exige lo investigue su juez natural, la Comisión. El magistrado termina cayéndose, entre lágrimas, y el asunto se diluye en la memoria de un país anémico de recuerdos. La Fiscalía, en cumplimiento de la ley, envía todos los audios (cerca de 7.000, en tres CD) a la Comisión, donde se arruman para que los arrope la impunidad.A inteligencia militar no se le ocurre evaluar la peligrosidad de un coronel que, desde la detención, habla alegremente de dineros con un magistrado. Y la prensa tampoco le pone mucha atención a la locuacidad del militar. Todo el mundo está ocupado devorándose al magistrado. El país se convierte en el perrito juguetón que se distrae persiguiendo una pelota de caucho; la pelota es Villarraga. Para obtener los audios del coronel, en los que habla con Villarraga (y, además, con otros uniformados sobre contratación y mordidas), había dos caminos: buscarlos en la Fiscalía o en el Congreso. ¡Quién se iba a desgastar con la Fiscalía, pudiendo hacerse a una copia de los audios de Villarraga en la endeble Comisión!Si alguien de inteligencia militar se hubiera planteado las cosas así, seguramente habría podido hacer desaparecer los discos de la Comisión. Habría logrado con esta oscura maniobra retrasar el escándalo, pues esta es la hora en que los expertos de la Fiscalía siguen escuchándolos y tejiendo relaciones entre las llamadas para establecer los involucrados en alrededor de diez delitos. El episodio de la corrupción en la contratación militar no estaba debajo del tapete, sino encima, pero todos íbamos de afán. Nos paramos sobre él y lo tapamos con nuestros pies, mientras los periodistas de Semana, discretos, barrían.Ultimátum: Hugo Rafael tiene que llamarse el pajarito que amamanta ese soberbio onagro que actualiza el catálogo de fascistas en Venezuela.@gusgomez1701

VER COMENTARIOS
Columnistas