La voz

La voz

Mayo 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Unas líneas de la revista Semana sobre los hijos de Óscar Iván Zuluaga se detienen en David, que regresó a Colombia luego de estudiar Filosofía y Economía en Harvard. Dice allí que el mayor de los Zuluaga Martínez es el mejor imitador de Uribe. Ripostan los antiuribistas: el mejor imitador del expresidente no es David; es su padre. Despectivo comentario que revela cómo, a pesar de una sorpresiva trepada en encuestas, a Zuluaga lo siguen percibiendo no como un salvador de la seguridad sino como un Salvador Cerinza: en cuerpo ajeno. Injusto desarrollo sería sugerir ventriloquía, pero flotan en el aire comentarios tan afilados como el de Juan Pablo Calvás en El Tiempo: “Es el ‘hijo-bobo’. No puede ir a ningún lado si no está acompañado por papá-Uribe”.La voz de Peñalosa no es menos inquietante: aunque genuina y libre de que le hagan coro los políticos ladrones, le falta salero. Columnistas como María Isabel Rueda sugieren que tiene eco en el escenario urbano, pero languidece en las llanuras y montañas. Pasa ella a los terrenos del comercio, recalcando el pésimo negocio que sería elegir un presidente con perfil de alcalde. Ni hablar del debate de Peñalosa organizado por Hora 20 y La República, descrito por Gardeazábal con venenillo: “Si a Peñalosa le hubieran dado un minuto más, se ahoga”.La voz de Marta Lucía Ramírez es de soprano ligera: tesitura pequeña y unos agudos que cantando se agradecen y hablando se padecen. Imposibilitada para la concisión, la candidata de (cierta parte del) Conservatismo se ha hecho célebre por el largo aliento de un discurso al que temen, sobre todo, los periodistas radiales. No se sabe en qué tipo de trance decidió acentuar su defecto con una campaña publicitaria diseñada por el enemigo: arrancándose una banda depilatoria, insiste en que no la van a callar. Clara advertencia de que, si se da el milagro de su elección, tendremos un gobierno que podría tomar prestado el nombre del desaparecido programa de Patricia Pardo: Hablar por hablar. Con la diferencia de que lo de Pardo era sumamente entretenido.Penúltima voz, la del presidente-candidato, que habría hecho gran casting para interpretar a Jorge VI en El discurso del rey. Su voz sugiere la contundencia de un molde de gelatina recién metido a la nevera. Él, que tiene más humor del que revela, se ha burlado varias veces de la tartamudez, lo que habla muy bien de alguien que no habla muy bien. “Su familia asegura”, anotaba Semana, “que algo de herencia había en esto. Su abuelo Calibán y su padre, Enrique Santos Castillo, eran reconocidos por hablar de forma atropellada y poco comprensible”. A veces habla por él Vargas Lleras, a quien no se le saltan las palabras: se le salta el bloque.Resta la voz de Clara, que es doble, y no por cuestiones de masa corporal: a la suya se suma la de otra candidata presidencial, Aída, cuya primera interpretación, al menos en lo que a Verdi se refiere, fue en El Cairo (1871), en la persona de Antonietta Pozzoni (más tarde se consagrarían en ese rol otras dos gatas rebeldes: Callas y Tebaldi). Clara y Avella no pasarán de ser dos voces de compromiso histórico; poco pasará con el tándem Claravella.Fin del repaso, como decían en la radio, a quienes representan “la voz de los que no tienen voz”. Esos son los voceros de vos. Grave. ¿O agudo?Ultimátum: El abrazo que se dieron Santos y Petro en la Feria del Libro fue como el narrado en el libro de libros, en Lucas 22:47-48… pero sin beso. @gusgomez1701

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