Involución

Septiembre 13, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

La necedad de Nicolás Maduro no tiene límites. Es el niño fortachón, fanfarrón y amenazante que nos acosaba en el colegio. Ese que imponía su voluntad a punta de puños. Aquel cuya intimidad no resistía el más leve escrutinio, porque sus gruñidos intentaban disimilar orfandad y complejos. Maduro es el reflejo de un gorila que pensábamos no iba a llegar ni a la esquina en un escenario civilizado. A este, en cambio, le entregaron un país. Maduro ha transformado la nación más rica de la región en un erial donde no hay justicia, ni aceite, ni empresas, ni azúcar, ni industria, ni libertad de expresión, ni garantías legales, ni pan, ni autoridades independientes, ni medicamentos, ni pañales, ni posibilidad de disentir. Menos, una democracia funcional. Defender el concepto que de democracia tiene Maduro sería como sostener que la Luna es de queso. Aunque no se descarta la posibilidad de que él lo crea.Maduro hace parte de esa izquierda continental que pone el grito en el cielo cuando alguien de la derecha se arrellana en el poder. Encomiable actitud. Lo que no admite justificación es que hayan aplaudido que Fidel Castro se atornillara medio siglo al trono habanero, solo para cedérselo a su anciano hermano. La centroderecha debe ser pasajera. La izquierda, en cambio, es para siempre.La revolución bolivariana, como muchas otras de las que han florecido en el populismo ramplón, está diseñada para que se transmitan los privilegios. La lucha de clases no es nada diferente al turno de una nueva élite, tanto o más despiadada que la anterior. La de Chávez, sostenida por Maduro y Cabello (enriquecido de manera fraudulenta y armado hasta los dientes), es la escuálida reedición del castrismo carcelero y el estalinismo asesino.Las modernas revoluciones no se consolidan con terror, lavado de cerebros, subsidios artificiales y plomo. Las revoluciones de hoy las lideran quienes fortalecen la industria, generan empleo y estimulan leyes para blindar los derechos del empleado y la estabilidad del inversionista. Reprimiendo, expropiando, asaltando al industrial y persiguiendo al extranjero trabajador se logra solo involución. Y Maduro está en esas.Manifestación clara de la exigua sinapsis de Maduro es que, lejos de respetar a Santander, aproveche su apellido como insulto. Desde su diminuta sensibilidad, Bolívar es un dios venezolano y Santander apenas escoria colombiana. Y Leopoldo López un terrorista que merece catorce años de cárcel solo por ejercer la oposición. La justicia revolucionaria es harto básica: delincuente es quien cuestiona al déspota.Pobre Venezuela, decíamos aquí. Pobres de nosotros, porque la revolución bolivariana nos completó la frase: pobre Venezuela y pobre Colombia. Nuestros destinos están ligados. Quienes creen que avivar preocupaciones por la suerte de Venezuela es meterse en casa ajena, deberían ver más noticias: sobran los casos de gente trastornada ahorcando al vecino.Ultimátum: El Fiscal se ha gastado miles de millones contratando exmagistrados y consultores de todos los pelambres para contar con bases sólidas que le permitan acusar a la guerrilla frente a lo que quede de justicia luego de firmada la paz. Monumental esfuerzo que solo deja, hasta ahora, enredados a un puñado de oficiales de la policía por hechos supuestamente cometidos hace un cuarto de siglo. Mientras, los guerrilleros, como los contratistas del fiscal, andan juagados de la risa. Montealegre: alegres los del monte.

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