Hedor

Hedor

Enero 31, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

No soy amigo de las películas y series sobre periodistas. Me aburren. Cuando las veo, me siento como trabajando en mi tiempo libre. Hice una excepción con Spotlight (En primera plana), la cinta sobre cómo un grupo de periodistas de Boston se empeñó a fondo para develar los escándalos de pederastia de la Iglesia Católica.La película me refrescó dos conceptos. El primero: monstruoso es que un sacerdote aproveche su condición para abusar de quienes confían en él y lo que representa; imperdonable que la Iglesia encubra a estos delincuentes. El segundo: los abusos y su posterior impunidad solo generan que se pierda la fe en una institución que precisamente gira alrededor de cultivarla.Sacerdotes, periodistas, instituciones, fe, credibilidad. Buen matrimonio de palabras. Los periodistas, en últimas, somos servidores públicos y la gente confía en nosotros. O confiaba, porque buena parte de la fe que la sociedad ha ido perdiendo en nosotros tiene un común denominador: mordemos, y duro, a quienes tuercen la ley, excepto si se trata de colegas. Los periodistas somos pésimos para mirarnos al ombligo. Criticarnos, aún en elementales cuestiones de enfoque del ejercicio profesional, es un tabú. Mucho menos atrevernos a poner en tela de juicio la honestidad de nuestros pares. Supongo que pasa lo mismo en otros gremios, porque no veo muchos economistas, odontólogos o ingenieros denunciándose. Pero sucede que uno de los principios rectores del periodismo es revelar. Y revelar es una palabra que no puede confinarse la jaula de la solidaridad de cuerpo.No pocas veces he sido una especie de oveja negra del oficio y he manifestado el malestar que me producen los periodistas que han errado el camino. Y no por soberbios, poco equilibrados o faltos de rigor, pues bebo también en las aguas de estos “pecados”. No. Me refiero a colegas que actúan de manera dolosa, tomando los atajos con que el lado oscuro nos tienta todos los días. Hoy no voy a dar nombres. Entre otras, porque muchos de estos casos los tengo comprobados, pero no documentados con el soporte legal necesario. Pero sé que son ciertos. Son el cáncer que se come la fe de la gente en los periodistas. Sus protagonistas son filibusteros y mercenarios que hay que empezar a ubicar, investigar y desenmascarar.Hablo de periodistas que, gracias a los contactos de su fuente, montaron un negocio para trasladar procesos de delincuentes de un despacho judicial a otro. Hablo de periodistas que están comprometidos en los carruseles que logran el reintegro de miembros de la Fuerza Pública separados por corrupción, y les facilitan nuevamente acceso a puestos y recursos del Estado. Hablo de periodistas que se prestan para defender en las salas de redacción a sanguijuelas vinculadas con el mundo del paramilitarismo o las bandas criminales a cambio de quincenas paralelas. Hablo de periodistas que sirven a oscuros uniformados en la tarea de redactar anónimos para acabar con la reputación de quien ocupa el puesto que sueña tener quien les paga. Hablo de periodistas que tratan con familiaridad a guerrilleros, les dan consejos y hasta les ofrecen sus servicios para armarles documentales donde se atenúan sus delitos. Hablo de periodistas que cobran por sus comentarios y opiniones, feriándose cada tanto en el mercado espeluznante de la compraventa del honor.Hablo de estos periodistas con la esperanza de que pronto comencemos todos a hablar de ellos.Ultimátum: El periodismo es un oficio. No un blindaje.

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