Hansel y Gina

Hansel y Gina

Agosto 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Aprovechando una noticia sobre el debate de los manuales de convivencia en los colegios, un compañero de trabajo (muy religioso) dijo en voz baja, con la intención de que todos oyéramos, que Gina Parody es una pervertida. Quedé frío. Y asustado.Con Parody he tenido desavenencias sobre algunas de sus actuaciones públicas, como en el caso de su falta de empuje para poner en cintura a los cirujanos plásticos exprés, que toman un cursito en Brasil y vienen a destruir las vidas de quienes confiaron en ellos (el gobierno, mientras soluciona el embrollo legal, debe suspender del ejercicio a esos profesionales de balso). En fin.Pero, ¿inmoral? Todo lo contrario: de ella tengo la imagen de una persona correcta en su faceta privada, preocupada por el beneficio de la comunidad y comprometida con la gestión pública. Hasta que se me demuestre lo contrario, seguiré creyendo que Parody es un ejemplo de rectitud en la podredumbre de la política.Cuando oía el comentario de mi colega, no pude evitar pensar en lo útil que hubiera sido que, de niño, en su colegio hubiera contado con unos profesores que, amparados en un texto de convivencia, le hubieran explicado cosas que aprendí en casa: que Dios es amor, que ese amor es para todos y que Jesús no caminó en esta tierra para lapidar o crucificar gente, sino que precisamente vino a sacrificarse para que esas cosas no volvieran a suceder. Uno puede no ser religioso, pero el mensaje de Jesús de amarnos y aceptarnos los unos a los otros es la esencia de la humanidad.Los manuales de convivencia no enseñarán a nuestros hijos a acostarse con este o aquella, o respaldarán prácticas de carácter sexual. Y nadie se convierte en miembro de la comunidad LGBTI por leerlos. Su utilidad, en consonancia con las decisiones de la Corte Constitucional, radica en que los niños aprendan a relacionarse y respetar a quienes hacen parte de otro tipo de familias. A que aprecien el amor que dos mujeres o dos hombres pueden darles a los niños. A que no se inscriban en hordas repugnantes de persecución contra quienes manifiestan su amor según lo que sienten. A que no vean en todo lo que se sale del molde propio, como decía mi compañero, una perversión.La verdadera perversión está en abrazar a Dios mientras se abraza al prójimo con llamas que vienen de muy adentro. Los niños ven ahora el mundo a través de internet y otras posibilidades. ¿No es mejor que aprendan en el colegio y en casa a entender la diversidad? Ya no es posible tenerlos encerrados en una cueva hasta que cumplan 18.Conversando con una experta en bioética, me explicaba que, como en otros escenarios de la vida, a la discriminación es difícil torcerle el cuello en la edad adulta, y de allí la importancia de que en la etapa escolar aprendan nuestros hijos a entender y aceptar a quienes viven su vida de otra manera.Infinitamente sabio aquel refrán de que “loro viejo no aprende”. Un adulto racista, está perdido. Un adulto sexista, está perdido. Un adulto homófobo, está perdido. Un adulto xenófobo, está perdido. Y se perdió para siempre en esos bosques oscuros en que Hansel y Gretel fueron abandonados, y de los que salieron usando la cabeza.***Ultimátum: A los padres que se quejan en marchas hay que oírlos. El argumento de que el Estado es laico, por valioso que sea, no basta para desconocer sus voces. O pasaremos de la Guerra por la Paz a la Guerra por los Derechos Civiles. En este país solo estamos de acuerdo en nunca estar de acuerdo. Tierra de necios, abonada con insensatez.Sigue en Twitter @gusgomez1701

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