Gringos

Junio 21, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Estuve unos días en la Florida, en carro alquilado, dando vueltas por esa lengua de tierra mojada en sal que creemos ‘nuestra’ porque la hizo española Ponce de León, jurando que era una isla. Pasó luego a manos inglesas y más tarde fue reconquistada por los españoles, antes de que unos Estados Unidos recién salidos del horno la reclamaran como propia, mostrando los dientes y las bayonetas. En 1845 la convirtieron en el estado número 27 de esa Unión en que los derechos de los indios seminolas pesaron lo mismo que una pluma en la Luna.En la Florida uno comprueba por qué los Estados Unidos, como nación, no tienen futuro. En serio. Los gringos exhiben una serie de comportamientos que los condenarán a la extinción. Y hay pruebas de ello en la cotidianidad. Para empezar, estos estrafalarios habitantes del norte de las Américas continúan frenando en seco cada vez que un peatón desea cruzar la calle. Y las cebras, como en el África, están perfectamente determinadas. El caminante siempre es primero; el carro va después. Automóviles que avanzan, respetando a pie juntillas los límites visibles de velocidad, sobre unas carreteras en las que nadie se ha robado el pavimento. Impecablemente señalizadas, para más despropósito.Nicolás Maduro debería darse una vuelta por los Estados Unidos y comprobar que los polos opuestos tienen mucho en común. Como en la Venezuela chavista, allá la fila es sagrada. Y se la respeta con vehemencia. La gente hace colas en las que nadie desconoce el turno ajeno, y estas hileras, así concebidas, se mueven. La única diferencia entre las filas gringas y las chavistas, es que estas últimas conducen a la gente, hambreada, hacia el despeñadero.A pesar de los arrebatos de estos tiempos modernos, los norteamericanos siguen venerando a la autoridad, incluso en medio de los dolorosos episodios de excesos policiales de los últimos meses. Un policía todavía es un servidor apreciado, y cuando un niño dice que quiere serlo de grande se encuentra con sonrisas y no con muecas de preocupación. En los mercados la gente compra bonos para apoyar al Ejército y a los veteranos, aunque se trate de una fuerza militar financiada con los poderosos dólares federales. La muerte de un uniformado es para ellos una tragedia y jamás una situación enmarcada en la normalidad. Con todo y sus defectos, que no son pocos, los gringos quieren a sus maestros, valoran a sus héroes, respetan a sus servidores, cumplen con la ley, pagan los impuestos, se cuidan de no ofender a las minorías, toleran los cultos ajenos, aceptan la mezcla de sangres, protegen a los niños y a los ancianos y se sienten orgullosos de su bandera. ¡Qué futuro van a tener estos sujetos tan extraños! ¡Y ese capitalismo y esa democracia a dónde los van a llevar! Ojalá algún día recuperen la cordura y apliquen las bondades de la improvisación, el desgreño administrativo, la intolerancia, el desdén por lo ajeno y la preponderancia de los intereses individuales sobre los de la comunidad. Están a tiempo de recomponer el paso y guiarse por las exitosas sendas que, en este mismo continente, han recorrido Venezuela, Nicaragua, Cuba y nuestra guerrilla, que sigue soñando con que este país deje la ruta del progreso y nuevamente se trepe en la mula revolucionaria que guiaba Ramón en la canción de Pablus Gallinazo. Y sí que nos rondan los gallinazos.Ultimátum: Aprovecho estos últimos renglones de la columna para un asunto meramente informativo. Quiero recordarles a los lectores que el mejor padre del mundo lo tengo yo, y que llevo su nombre con orgullo descomunal.

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